Sobre por qué no está mal ponerse ropa bonita

O sobre la precariedad del vestir de los escritores hombres colombianos

Es el último sábado de la edición más reciente de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, la tercera más grande de América Latina, y son las 4 de la tarde. En plena hora pico, uno de los momentos más concurridos de la feria, dos de los escritores más prolíficos del país se sientan ante un auditorio lleno, de aforo de 100 personas, para tener una de esas “Conversaciones que le cambiarán la vida”. Ella, una de las voces más fuertes de la literatura actual, tiene puesto un vestido lila, con embones de tercio pelo fucsia, y un abrigo de tercio pelo del mismo color. Lleva mallas negras y zapatos elegantes. Se nota que se ha esforzado en escoger su ropa para este evento, que quiere verse bien y mostrar una versión colorida, femenina y cool de sí misma. Él viste jeans y camisa negra.

 

En la escena literaria colombiana, esta es una fotografía típica. Las escritoras juegan con texturas, colores y siluetas, mientras que los escritores visten lo más básico posible. Después de años de trabajar y cubrir la Feria del Libro, es fácil darse cuenta de este patrón, que puede representar el micro cosmos que es la industria editorial en Bogotá.

 

El escritor colombiano quiere ser el centro de atención, pero no se viste como ello. Al contrario, busca proyectar una imagen de una simplicidad estética que raya en la precariedad. Esta es una representación clara del significado que la sociedad le impuso a la moda cuando la asoció con lo femenino: que preocuparse por lo ornamental es un símbolo de la superficialidad intelectual. Con algunas excepciones, el mundo literario colombiano todavía asocia preocuparse por la vestimenta con el lado femenino más débil y menos intelectual.

 

Es una noción contra la que la academia de moda ha luchado por décadas. Nuestra directora Vanessa Rosales cuenta la anécdota de la doctora Valerie Steele, directora del Museo del Fashion Institute of Technology en Nueva York y PhD de Yale de los 80: un colega le preguntó sobre qué era su disetración y cuando ella respondió “fashion”, él le preguntó si italiano o alemán. Primero ella quedó desconcertada, pero luego entendió: “No, not fascism, fashion”. En esa época era casi que impensable que alguien estudiara la moda a profundidad en una universidad como Yale, porque la moda se pensaba como un tema blando y sin profundidad. En el mundo esta percepción ha cambiado, pero en nuestro país no tanto; tal vez por eso, nuestros escritores se visten tan mal.

 

Nuestras escritoras, en cambio, sí entienden que atreverse a usar colores y querer verse bien en una aparición en público no las hace menos inteligentes. Que los estampados y las siluetas que estilizan el cuerpo son una herramienta para sentirse felices con ellas mismas, y que aunque a la hora de escribir estén lidiando con sus miedos más profundos y con las partes más oscuras que llevan dentro, el momento de interactuar con la audiencia es diferente. Si se ven bien, se sienten bien, y tienen mejor presencia en un auditorio, incluso se expresan mejor.

 

Esta no es una gran revelación: todos lo hemos sentido. La ropa en la que mejor nos sentimos suele llevarnos a las mejores consecuencias. Habrá quienes digan que entonces, seguramente los escritores que se visten de jeans y camisa negra se sienten bien así y que por qué habría que exigirles otra cosa. Tendrían razón. Sin embargo, para nadie es un secreto que el panorama del vestir masculino en nuestro país, sobre todo cuando se trata de hombres heterosexuales, deja mucho que desear.

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Vanessa Rosales
ESCRITORA. CONSULTORA. CULTURA, ESTILO, HISTORIA Y TEORÍA DE MODA​

Vanessa Rosales | Desarrollado por: Binach