Notas sobre una cumbre de moda latinoamericana

Esquelas reflexivas sobre el Latin American Fashion Summit 2019, celebrado en Cartagena de Indias.

 

Vanessa Rosales A.

Notas sobre una cumbre de moda latinoamericana
Foto por: Rafa Bossio

 

En su cuento de 1924, “El vestido nuevo”, Virginia Woolf narra lo que atraviesa una mujer ante algo que para muchas puede ser aborrecible vivencia: sentirse mal vestida. Deshilachada. Fuera de sitio. Insuficiente. En la psiquis del personaje femenino del cuento se instala una sensación que la precede, pero que tiene en la ropa desacertada del momento el vehículo preciso para alentar un sentimiento de carencia, una sensación de profunda y dolorosa insatisfacción, una suerte de miseria persistente. Una sombra súbita se adhiere a los momentos que, en su escozor, observa la mujer en retrospectiva; esos pasos de planificación y de proyección que se hilvanan alrededor de la decisión de una aparición vestida, que de repente, al mirarse en el espejo del salón, al tocar la atmósfera a través de su aparición, empiezan a antojársele sórdidas, desvencijadas, repulsivas. Lo que en el salón de agujas y telas le parecía una audacia encantadora, se le dibuja lentamente como un lacerante error. Antes de aquel momento nefasto, antes de la agonía de habitarse ante otros, con un vestido que se siente penosamente desacertado, el personaje del cuento recuerda los pasos de la elección, viéndose ante el espejo de la costurera, cuando “empapada de luz, brotó en existencia”, cuando se vio a sí misma, en el reflejo, como aquello que añoraba siempre y secretamente – ser una mujer bella. La fiesta a la que asiste se convierte en una travesía de desconsuelo, en ese escarpado y afligido estado que puede invadir a una mujer cuando lee en sus ropas un desacierto.

 

Entre sus múltiples consecuencias, la moda tiene la peculiar habilidad de propiciar ese tipo de marejadas de insuficiencia en quienes participan de ella. Kennedy Fraser escribía sobre el centelleante fulgor que se convierte en gesto facial de la mujer que se sabe vestida bellamente. Pero no es improbable que en las confluencias donde la moda es el gran centro, en los encuentros donde es el gran eje, sus acudientes, fabulosamente ataviados, calculadamente estilizados, se encuentren, también, sacudidos por corrientes de hesitación. Los encuentros donde las ropas y las apariencias ejercen un protagónico rol, son los dominios en los que, con frecuencia, los individuos experimentan sus performances con duda también. Hervideros de inseguridad camuflada de ropa espléndida. La inseguridad puede ser, muchas veces, accesorio imperceptible en dichos encuentros. Una sombra también, un centelleo secreto, un silencio compartido que va aflojándose o creciendo conforme el cuerpo vestido se experimenta afirmado o en desacierto.

 

Cartagena de Indias, la gema del Caribe colombiano que se ha instalado en imaginarios colectivos y desde hace unos años como punto de fabulosidad global, -con sus callecitas de fachadas edulcoradas y sus noches arrulladas por una luz adormilada y amarilla, con sus patios atravesados por el verdor de la palma y sus salones que combinan códigos de tropicalismo con lemas modernistas-, ha sido el teatro para la segunda edición del Latin American Fashion Summit, una cumbre que busca afianzar las alianzas y los resortes comerciales de la moda latinoamericana.

 

Para dar inicio, los acudientes fueron citados en el Teatro Adolfo Mejía, una estructura magnífica y circular con balconcitos labrados en madera, construida para evocar un célebre recinto cubano, coronada por un techo deslumbrante con azules y estrellas donde flotan nueve figuras pintadas por Enrique Grau. Despojado de sus sillas rojas habituales, el teatro asumió el aspecto de un salón lustrado, con instalaciones de palmas aquí y allá, con gloriosas mesas salpicadas por flores y cristales. La atmósfera derramaba toda esa miel y todo ese almíbar que se desprende de la teatralidad tropicalista, en la entrada una multitud animada de lejos revelaba vestimentas comprometidas con la ocasión, cuerpos que posaban ante las cámaras y contra un mural de palmas y pájaros, dispuesto allí, en el pasillo central del recinto, para efectuar postales instagrammeables, calculadas para la mirada colectiva del espectro digital. La escena despertaba remembranzas de un tiempo latinoamericano donde reinaban los salones de baile, salpicada por vestigios de la gracia del bolero, con sus siseos azucarados, con sus mujeres vestidas de faldas amplias, coloridos tibios, y formas de flor.

 

En todo eso podía leerse el fulgor de un continente que ha sido, en bellezas y espinas, consecuencia de mestizaje, donde los aires húmedos engendran la vivacidad cromática de la flora y la botánica profusa; donde vibra una tibieza innegable, una corriente inefable que fragua sensorialmente con calidez y encanto. En Latinoamérica ese glamour, esa cualidad atractiva y excitante, esa forma de persuasión visual, está atravesada, no obstante, por una arteria herida y diáfana de carácter colonial. Un continente que es sincretismo, caótica mixtura, que es heterogeneidad, cuyos subsuelos residen sobre desigualdades turbias y ariscas, que se leen en salones donde la espléndida aparición de sus comensales está concatenada con otros hechos perceptibles – que la mayoría de quienes sirvan los festines fantásticos sean criollos, de pieles oscuras y fenotipos mulatos.

 

Una escritora observa desde una de las mesas suculentamente ornamentadas, en la distancia que le concede uno de los balcones de la segunda planta. Ineludible evocar el espejo de La Habana pre-revolucionaria, con toda esa grandiosa muestra de prosperidades y galas, la estética exquisita como fachada de algo más, un paisaje atravesado por explotaciones y acumulaciones de posibilidad para unos cuantos, todo ese hedonismo, bellamente ataviado y ornamentado, sosteniendo los artificios de lo que entonces, se estimaba, era una especie de backyard, de patio trasero, puesto al servicio del goce y el dólar norteamericano. Ineludible observar en todo este centelleo, por lo demás, de preciosidad excitante, una ruta conectora entre la Cartagena de Indias del presente y esa Habana ya extinguida, que sobrevive en seductoras imágenes de festines resplandecientes.

 

Todos los lemas visuales que caracterizaron el Latin American Fashion Summit, las ilustraciones de cartografías y mapas de navegación, las visiones de palma dibujadas, el patio exuberante de la casa central, los guiños al realismo mágico, los detalles de escenificación, los lemas gráficos de comunicación, todos forjaron una congruencia estética que habla de un lenguaje codificado sobre la hibridez que se percibe en lo caribbean chic, lo chic caribeño. Una amalgama de sutilezas que se nutre de esa estética que hoy, puede afirmarse, compone una parte importante de los imaginarios que definen la globalización de la moda colombiana, por ejemplo, esos casos insigne de triunfo y presencia en espacios de legitimación que años atrás hubiesen sido impensables. El caso más emblemático siendo el de Johanna Ortiz, en cuyos sellos vestimentarios se han fraguado las imaginaciones de una feminidad que se nutre de la cadencia sevillana y del tropicalismo habanero, de la alegría sincera de la salsa y de las prudencias de una feminidad que, se enseña, es calculada y suave.

 

Ese fenómeno de triunfo, que no puede desentenderse de ciertas coyunturas y contingencias peculiares, – que a partir de 2013 más o menos la industria global, en su avidez de “novedad” mirase hacia el continente latinoamericano, el madrinazgo de damas encumbradas norteamericanas, el efecto de las ropas en las pantallas digitales – ha suscitado también una innegable hilera de emulaciones, de marcas diversas que, al observar este triunfo global, y al leer la fuerza que tiene el tropicalismo en las alquimias creativas de la región,  han buscado parecerse a uno de los sellos más representativos de los actuales imaginarios de moda latinoamericana. En ese sentido, hay algo sintomático: la tendencia que hay, en nuestras geografías culturales, a homogeneizar, a replicar. La diversidad latinoamericana tiende muchas veces hacia la actitud tribal. De allí las similitudes que se observan en los vistazos rápidos a las propuestas de diseño, en los espacios escenificados en el evento y con frecuencia  en Instagram. Algo que no resulta difícil de comprender también en tanto que es éste, al final de cuentas, un circuito incipiente, en formación. La moda latinoamericana, como la colombiana, está en proceso de formación, ha sido parte de un proceso histórico y cultural más amplio, donde los lugares de la “periferia”, se han sumado a la marejada efervescente por la moda, por lo que hace y por lo que representa. Por eso, al recorrer la Casa 1537 – una casona colonial en la Calle del Colegio, el corazón central del encuentro del evento  – donde en los salones internos se acondicionaron las pequeñas estancias para los diseñadores participantes, el observador puede sentir un tintineo de orgulloso fulgor. Hace unos años, esta efervescencia era inexistente. No había tantas iniciativas, ni representaciones, ni ánimos estéticos. No había tantas interpretaciones materiales ni la posibilidad de vestir objetos hechos localmente. Eso guarda una innegable belleza.

 

Pero porque lo que aquí se pretende es plantear un ejercicio reflexivo y no una abreviación descriptiva, no se repasarán los acontecimientos de manera insular ni específica. Se trazan, en cambio, algunas esquelas de lo que compuso el evento y se quiere sembrar, más bien, la pregunta, ¿qué queda de él?

 

Sin duda, queda la sensación de un fulgor, de todas esas exquisitas escenificaciones que, como se vislumbraban en Casa 1537, permitieron a diseñadores en ascenso conectar con compradores globales, y afianzarse dentro una de las realidades inexpugnables sobre la moda también: que ella es, en últimas, venta y comercio. Su finalidad intrínseca es vender. Quedan todas esas postales digitales, y en las revistas renombradas, donde se capturó el espíritu sartorial de un acervo de mujeres que al performar en el Caribe, recurren a ciertos elementos cromáticos y fórmicos, a ciertas fórmulas de eclecticismo fabricado sobre las sutilezas de las proporciones y las mezclas. Queda establecido que lo Caribbean Chic – concepto que esta pluma tocó hace seis años aproximadamente y con el ánimo de sembrar una reflexión abierta sobre posibilidades de una identidad estética – se ha fraguado como uno de los grandes lemas del imaginario del estilo latino. Fluidez, hombros al aire, vibrantes lemas florales, coloridos ensambles, complementos artesanales, ornamentos vistosos en las orejas y sobre la sien. Queda también la homogeneidad, la uniformidad, un síntoma común en las expresiones de la moda, que puede verse contestado, sin embargo, por los modos subversivos que puede vehicular la moda como canal de expresión individual. Queda esa ambivalencia vibrante.

 

Queda el animado hecho de que la ganadora del premio que otorga el LAFS quedase en manos de una joven local, Maygel Coronel, una cartagenera que ha capitalizado una de las fuerzas importantes en la manufactura colombiana, el swimwear, planteándola en usanzas que se moldean a muchos tipos de cuerpos, con proporciones que esculpen simplicidades versátiles en conjugación con la gracia de un bolero o una manga asertiva, piezas que funcionan para contingencias de corporalidad exhibida o para combinaciones urbanas – en un escenario oceánico o con jeans talle alto en una acera de ciudad. Queda que en una de sus imaginerías publicitarias, Coronal haya escogido retratar con sus piezas a mujeres de San Basilio de Palenque, de tez oscura y con bellezas que rebasan el canon de delgadez espigada que se ha arraigado en los ideales de la moda más normada. Queda que Paula Mendoza ha reconfigurado sus procesos de creatividad, arrimándose a los maestros artesanales con su proyecto Looking for the masters, buscando fabricar una visión estética que rescata la artesanía artesanal y ancestral a través de una alquimia de resignificación, haciendo de ciertos tejidos y de ciertas técnicas el cimiento desde el cual crear vestidos que ella misma lució durante el evento. Queda, sobre todo, que en el panel donde lanzaban el proyecto estuviese la maestra artesana wayuu Iris Aguilar, de La Guajira, con quien Paula Mendoza y su séquito creativo ha colaborado cercanamente.

 

 

Y queda también el sinsabor en vestigios flotantes. Una serie de ausencias imposibles de no anotar. Latinoamérica es un crisol de diluciones – no siempre apacibles, construidas sobre exterminaciones y esclavización – pero sus imaginarios e imágenes, necesarios en las fabricaciones de una identidad colectiva, remiten siempre a la hibridación de tres componentes: todo ese abanico de mixtura que propiciaron encuentros asimétricos y encantados entre españoles, indígenas y africanos. No hubo en este encuentro un elemento de negritud, no hubo referencias a lo afro, no hubo, ni en los paneles, ni entre los invitados, ni entre los asistentes, esa necesaria presencia. En ese sentido, la moda puede hablarnos de símbolos estructurales más amplios, especialmente en una ciudad donde persisten esquemas racializados que requieren problematización profunda y humana.

 

No hubo, en los paneles, una noción más amplia de las múltiples formas en que la moda conecta con los aspectos de la condición humana. No hubo un elemento que la ligase a los temas de la equidad de género, a las resignificaciones de la feminidad y de la masculinidad, no hubo una reflexión cercana a las formas en que muchas marcas, cada vez más, se suman a pensarse desde formas más éticas de consciencia. (Cuerpos más diversos, la corporalidad latina, los retoques de recursos artificiales en las imágenes). Tampoco quedaron muchos rastros de novedad en las intervenciones académicas, escenificadas todas también en el Teatro Adolfo Mejía, con sus espléndidas tribunas de madera. La innegable fabulosidad centelleante de los encuentros aledaños al evento, las cenas y los almuerzos, los momentos festivos, las visiones de mujeres calculadamente ataviadas desplazándose por las calles, las figuras del glamour encumbrado de la región, el pensativo detallismo en las ornamentaciones, todas estuvieron atravesadas por la carencia en las conversaciones que transcurrieron en los paneles, que hubiesen podido sintonizar de manera más sustanciosa con algunos otros elementos que se pide y se espera de la moda en la actualidad. Un sentido más crítico y menos complaciente con algunos de los aspectos que la hacen fantasiosa y ensoñadora, pero a veces compleja en sus espinosas realidades.

 

*

 

La moda es incómoda también porque, de manera agudamente simultánea, ella puede representar hondura pero también mera superficie. Puede ser un conducto estimulante hacia comprensiones matizadas sobre la forma cómo las sociedades se comprenden a sí mismas, sobre cómo se entienden y sobre cómo las expresiones estéticas son índices de los relieves políticos, culturales, y simbólicos de la psiquis colectiva. Pero la moda también es el lustro del dinero, de la posición social, del apellido heredado, del linaje posicionado, de los espacios que afianzan y perpetúan jerarquías sociales. De manera aguda y para muchos insoportablemente simultánea, la moda puede ser una concurrencia de fuerzas opuestas entre sí. Performar en ella no necesariamente implica comulgar con sus múltiples y extendidas acepciones y aspectos, por ejemplo. Estudiarla a fondo, conocerla, reconocer su naturaleza contraria y contradictoria, implica ocupar una franja extraña, un adentro y un afuera, también simultáneos, una escisión que se vive estando presente en sus espacios y que entraña también ciertas formas externas – vestirse de igual manera, calculada. Pero implica sobre todo observarla en sus relieves, con sus magníficas ofrendas visuales y sus fondos problemáticos. Con sus fulgores y sus oscuridades.

 

De allí que uno de los sinsabores que quedaran del encuentro viniese por parte de uno de los grandes iconos de la moda latinoamericana, Carolina Herrera. En su panel, entrevistada por Carmen Busquets, Herrera hizo referencia al roce que se presentó hace unos meses cuando la casa de diseño fue señalada de incurrir en uno de los temas que se agitan con frecuencia en los hervideros de la moda actual: apropiaciones de culturas ajenas. Al referirse al incidente, Herrera usó el término “indias”, y en algún momento, “éstas”, de una manera que desplegaba un tipo de discurso todavía ferozmente frecuente entre ciertos segmentos de la moda y ciertas concepciones sociales. No era un término o un tono de reconocimiento de otredad, o de mención simétrica, sino que denotaba cierta condescendencia. Busquets, complaciente, no se aprestó en corregirla, o en modificar el término por el correcto: indígenas. Herrera explicó que debido a la costura fantástica de la técnica que había sido empleada en una de las carteras, las mujeres artesanas mexicanas habían recibido un porcentaje de remuneración y escudó sus motivaciones en el sentido de homenaje que con frecuencia despiertan lemas mexicanos. La visión de Herrera esa altamente sintomática. Revela las tensiones irresueltas que se expresan de manera escarpada en una época que le reclama a la moda, como nunca antes, respuestas ante sus aspectos más problemáticos. El espinoso asunto de la apropiación cultural traza con frecuencia temas de asimetrías de poder, de explotación neoliberal, de las oscuridades del capitalismo, que explota, apropia, y subsiste de jerarquías marcadas. Herrera consolidó su visión sartorial, su feminidad latinoamericana, en tiempos donde a la moda se le permitía reforzar los elementos que hoy se le cuestionan. Ese choque generacional debe ser incluido en la problematización crítica de unas afirmaciones hechas, además, en un panel que pudo haber sido estructurado de manera más sólida. La moda de hoy pide hablar más de simetrías en muchos niveles, sobre todo cuando se trata de usar las técnicas, los objetos, las fórmulas, o los lemas que pertenecen a comunidades que han vivido históricamente como grandes otros. Por fuera de los esquemas blancos y patriarcales. Observar las estructuras en las que Carolina Herrera se forjó, como diseñadora de renombre global, no significa condonar unas actitudes que ameritan ser medidas con los tiempos que corren, con las necesidades que plantea la moda en un presente saturado de informaciones e imágenes. En un contexto en el que la misma palabra moda ha girado debido a su multiplicidad.

 

También es cierto que moda, originalmente, es un fenómeno europeo, moderno, capitalista, urbano, que se alimenta de jerarquías y que remite, con mucha frecuencia, a los brillos de las élites, a los nombres acomodados. En ese sentido ella podría ser vista como una metáfora de elementos más amplios sobre las condiciones de clase social y estatus que aún preocupan a las sociedades latinoamericanas y al mundo en general. Pero, de manera simultánea, y comprendiendo su desarrollo en las últimas décadas, si contemplamos las formas en que se han ampliado sus significados, las formas en que se ha reconfigurado, la moda también puede ser un mundo de revelaciones políticas, culturales, simbólicas, sociales. Esa simultaneidad la hace problemática. Ambigua y contraria. Percibirla así ayuda a comprender que en tiempos de debates políticos en redes sociales, y en una coyuntura en la que se ha puesto en el radar primordial los temas éticos de cómo se manufactura, se consume, y las consecuencias que tiene la moda en una de las grandes angustias de nuestra era, los estragos climáticos, se reclamen y se indague por sus aspectos más problemáticos.

 

Sin embargo, vale la pena preguntarse, ¿la moda es el terreno para el activismo político más eficiente? Si pedimos de ella unos discursos más conectados con las inquietudes generales de nuestro tiempo, de no-conformidad con el género que prescribe, de ampliaciones de lo bello y lo estiloso en términos raciales y étnicos, de multiplicación de expresiones corporales, de celebrar no solo poderes adquisitivos sino singularidades individuales, ¿será ella, realmente, un terreno en donde queden disueltos todos sus elementos de jerarquía y desigualdad? ¿Puede la moda, realmente, ser un terreno donde se resuelva lo que solo las políticas públicas y gubernamentales pueden transformar? ¿Podemos observar que si bien la moda es un terreno donde hoy podemos afianzar símbolos que reconfiguren estructuras desiguales, hay aspectos sobre ella que remiten y es posible sigan remitiendo a sus códigos de exclusividad? ¿Lo que le exigen las personas a la moda desde sus pantallas, desde el fervor incendiario de Twitter, desde la lejanía abstracta de lo bidimensional que crea la ilusión de cercanía, lo estamos problematizando correctamente? ¿Podemos recurrir a la dicotomía radical para resolver algunas preguntas complejas que hoy es inevitable hacerle? La moda nos hala en esas direcciones convulsas y tensas. Nos deja siempre en un terreno de positivos y negativos encontrados, de claroscuros movedizos, de formas y fondos que se cruzan con significados y vacíos. Para quienes sea insoportable o intolerable la contradicción y la contrariedad, la moda es un terreno imposible e inhóspito para navegar. Porque para usarla como fuerza simbólica medianamente revolucionaria, necesitamos navegarla en los intersticios y comprenderla en sus dualidades. Tal vez así, el próximo encuentro del Latin American Fashion Summit se anime a contemplar esas arterias y fuerzas temáticas que hoy se necesitan dialogar y problematizar en la América Latina, que hierve con sus problemas de siempre y que avanza con los fulgores de sus progresos también. Tal vez así podamos entender las contradicciones humanas que ella puede entrañar también.

 

Los socialismos utópicos desterraban la moda en sus instalaciones al poder porque la veían como una forma de “debilitar” a la mujer, y la leían como contraria a las fórmulas racionales que pretendían instalar. También leían en ella un vehículo de jerarquía y desigualdad, también la amenaza del pensamiento individual, pues lo cierto también es que las revoluciones de la igualdad diluyeron la capacidad de pensar por sí misma por fuera de un régimen al que había que acogerse como un Dios único e incuestionable. Tal vez así podamos cuestionar de manera más crítica a quienes desean exigir de la moda elementos ideológicos que no pueden arraigarse en binarios radicalizados, extremismos que terminan por destruir lo que afirman. Tal vez así podamos entender un poco mejor este afán de personajes digitales por atraer notoriedad hacia sí haciéndose de lemas y consignas que generan likes y retweets bajo la fórmula altiva de la condena moral, de un sentido de corrección política que no reflexiona sus perspectivas y que no ofrece, además, formas humanizadas de señalar injusticia.

 

Mientras escribía estos párrafos, resonaba en mi fuero interno una melodía que llegó a mis oídos a los catorce años, y cuyas líricas que sigo encontrando tan pertinentes como siempre, observadora empedernida que he sido desde niña de unas dinámicas burguesas que no cesan de parecerme problemáticas y ensombrecidas por su inercia infatigable. Una melodía de uno de los miembros de La Fania All Stars – gran referente de estéticas para inspiración de diseño latino – que ha profesado siempre una consciencia poética y política, Rubén Blades.

 

 

“Oye latino oye hermano oye amigo

Nunca vendas tu destino por el oro ni la comodidad

Nunca descanses pues nos falta andar bastante

Vamos todos adelante para juntos terminar

Con la ignorancia que nos trae sugestionados

Con modelos importados que no son la solución”

 

No te dejes confundir

Busca el fondo y su razón

Recuerda: Se ven las caras

Pero nunca el corazón”

 

Hay cosas que persisten y que nos llaman a verificarlas bajo las formas de tiempos distintos. Allí, en esa persistencia que muta en sus superficies, está la estética de lo latino, con sus espinas y con sus posibilidades para crear nuevos símbolos.

Notas sobre una cumbre de moda latinoamericana
Foto por: Rafa Bossio
Notas sobre una cumbre de moda latinoamericana
Foto por: Rafa Bossio
Notas sobre una cumbre de moda latinoamericana
Foto por: Rafa Bossio
Notas sobre una cumbre de moda latinoamericana
Foto por: Rafa Bossio
Notas sobre una cumbre de moda latinoamericana
Foto por: Rafa Bossio
Notas sobre una cumbre de moda latinoamericana
Foto por: Rafa Bossio
Notas sobre una cumbre de moda latinoamericana
Foto por: Rafa Bossio
Notas sobre una cumbre de moda latinoamericana
Foto por: Rafa Bossio
Compartir
Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Vanessa Rosales
ESCRITORA. CONSULTORA. CULTURA, ESTILO, HISTORIA Y TEORÍA DE MODA​

Vanessa Rosales | Desarrollado por: Binach