Seguimos inmersos en estructuras donde se sigue tipificando lo femenino y lo masculino de manera simplista.

seguimos inmersos en estructuras donde se sigue tipificando lo femenino y lo masculino de manera simplista.

En todas las conversaciones que se han hecho más visibles, en esta gran revolución de la igualdad, se ha hecho evidente que persisten muchos códigos rígidos que sofocan identidades e individualidades más libres y posibles.
También es lo que inhibe paridad en las dinámicas cotidianas, afectivas, profesionales, sociales, culturales, privadas, públicas, políticas, humanas.

En lo “masculino” se reclaman y repudian las características que han sido codificadas como “femeninas” – conexión con lo emocional, capacidad de empatía, demostraciones emotivas, sentido de suavidad.

En lo “femenino” se repudia lo que ha sido codificado como “masculino” – fuerza, claridad mental, asertividad discursiva, ferocidad en la búsqueda de los objetivos, capacidad para incomodar desde la integridad. ¿No es irónico verlo así? ¿En esa diametral proporción invertida? ¿No es evidente que en el fondo se mece una profunda ansiedad social porque intentemos salirnos de la rigidez de la dicotomía?

No se trata de imponer unos códigos sobre otros, ni en lo masculino ni en lo femenino.
No se trata de forzar características en aras de liberaciones.
Se trata de surcar individualidades más posibles, más complejas, más multidimensionales, más libres.

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Vanessa Rosales
ESCRITORA. CONSULTORA. CULTURA, ESTILO, HISTORIA Y TEORÍA DE MODA​