Categoría: Escritura

Mujeres:

Mujeres: son ustedes las más mujeres más libres en la historia de la existencia femenina. Son ustedes quienes gozan de posibilidades que no tuvieron nuestras antecesoras, son ustedes las que heredan la posibilidad de hacerlo “todo”, de incorporar en sus vidas tantas cosas que antes nos fueron vetadas y prohibidas.

Así que las invito siempre a que se cuestionen. A que se pregunten si ciertas cosas en sus vidas son reflejo del “deber ser”, de los códigos que aprendemos desde niñas y vamos aprendiendo como lo “femenino”. Y no, no encontrarán en mi apoyo al refuerzo de ciertos estereotipos. Siempre voy a querer que las mujeres sean más que fachadas bonitas, más que superficie, más que gesto aniñado y vacío, más que esposa de, más que madre, más que todo lo que confina y limita. ¿Por qué? Porque nunca en la historia las mujeres habían tenido lo que hoy se nos permite. Ya en mis 30, pienso en las más jóvenes, ¿qué ejemplos les estamos dando? ¿Qué ideales de feminidad? ¿Qué modelos a seguir?

Sí necesitamos ejemplos y no tontería; sí necesitamos una feminidad integral y libre; sí necesitamos seguir rompiendo los estereotipos; sí necesitamos aprovechar esta bendecida libertad que el tiempo nos ha dado y ha conquistado el feminismo.

Es lindo ser linda; pero no es suficiente. Es lindo casarse pero vale la pena preguntar por qué. Es bello tener a nuestros hombres con nosotras pero también velar si nos limitan. Es lindo ser alegre pero no tonta.

Lo más lindo es ser mujer en esta época. No lo desperdicien.

Lecturas maravillosas de 2016

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Estos son algunos libros que leí a ritmo furtivo y en cuyas páginas encontré aquellos hechizos de vivificación que solo concede, para algunos de nosotros, la palabra escrita.

Vanessa Rosales

Los últimos meses de este año me encontraron sumida en la apacible cueva de la lectura. El estado inmediato que precedía a esa inmersión – es decir, el lapso solitario en que escribí un primer libro – alentaron que postergara y refrescara los hilos de historia y teoría de la moda y el estilo; hilos que durante un tiempo mantuve como soportes de lectura y navegación. Mi inmersión fue, de ese modo, un retorno y un reencuentro con uno de los terrenos que más surqué como lectora atenta y sumergida en otros tiempos: la literatura.

Esta vez, sin embargo, cerré el campo de navegación y me detuve sobre todo en plumas femeninas. Había escuchado, por supuesto, de Elena Ferrante; sabía que su nombre latía en el radar de las modas literarias. Había atrapado con fugaz desapego en la mirada sus libros en las librerías. La primera en alentarme a leerla fue la maravillosa Amalia Andrade (quien, hace un par de años atrás, me había empujado a que leyera Historia del amor, de Nicole Kraus, un libro que en su momento logró salvarme).

Después, en Medellín, la gran Judith Thurman me urgió explícitamente que leyera a Ferrante; me confesó que tenía interés en escribir sobre ella para The New Yorker y me explicó – en ese momento, el desagradable periodista que puso en evidencia la más probable identidad detrás de la pluma misteriosa no había hecho la revelación indeseada – que al leerla, se sabía, en los huesos, que quien escribía era sin duda una mujer.

El comentario aludía al hecho de que Ferrante, como muchos saben, ha hecho una elección extravagante al el anonimato, declinar entrevistas y retratos en los medios más notables, figurar como personaje público. Es decir, Ferrante ha declinado la vanidad más común de la escritora y el escritor.

Thurman hacía referencia, además, a una de las conjeturas que se ha tejido en torno a Ferrante: la especulación de que quien escribe es de hecho un hombre.

Y sin embargo, leer a Ferrante es constatar que parece existir una verbalización precisa, deslumbrante – donde hay lucidez, oscuridad, lo inconfesable, lo tangible, lo pequeño, lo real – para la psiquis de mujer.

Mucho se ha dicho sobre cómo uno de los atributos en la narrativa de la célebre saga se encuentra en la brutalidad, poética, bella y desencarnada, para retratar lo que puede ser la amistad femenina. Y aunque es cierto que los tejidos que se forman entre Lenú y Lila a lo largo de toda una vida sí constatan que el mundo de Ferrante proviene indudablemente de una mente femenina, no es ese el único componente que corrobora que la pluma de Ferrante es una destilación de la experiencia femenina. Allí también están las descripciones de los hombres, los roces que tienen las mujeres con ellos; como amantes, maridos, padres, hermanos, amigos, pretendientes, presencias fugaces. El ansía de tenerlos en la vida propia, las consecuencias de su poder, la violencia que se fragua en el contexto napolitano, las formas diversas del deseo que se tiene de ellos.

Un instante preciso retrata las ambivalencias de la feminidad napolitana que Ferrante teje con detallismo punzante. Lenú, el personaje central de la saga que tanto se le celebra a la autora, explica cómo es usual que las mujeres de allí reaccionaran con violencia ante las agresividades de un desconocido pero lo natural y aceptado que era aceptar, con resignada resistencia, la violencia de los hombres más familiares. Los golpes, los moretones, la agresión física, los insultos, la agresividad más exaltada es común entre las ecuaciones que se forjan entre los hombres y las mujeres de Ferrante.

Thurman me indicó que llegara a Ferrante a través de sus primeros relatos y no por los libros de tendencia: es decir, la saga de cuatro libros que cubre la historia de dos amigas en una Nápoles barrial y álgida que se dibuja desde los años cincuenta.

El libro Crónicas del Desamor reúne sus obras iniciales: El amor molesto, Los días del abandono y La hija oscura. Esas primeras inmersiones a su terreno verbal no son poco dolorosas; la franqueza femenina lacera como un espejo; Ferrante nombra lo que late en la psiquis femenina, en pozos oscuros, iluminados por matices, construidos por texturas, formados por amalgamas sensoriales y sensitivas. Las roturas del corazón, los instantes prosaicos, las comparaciones, la incertidumbre en sí, las complejas y turbulentas afecciones maternas, el frenesí del dolor, la experiencia del mundo externo, el apetito por la aprobación, todo se lee en su hechizo acuoso, intercalado aquí por lapsos fantasiosos y vívidas descripciones del prisma femenino.

Con este preámbulo acerca de Ferrante, evoco otro de los grandes libros que se incluyen en esta lista: Las Chicas, de Emma Cline, una autora primeriza a quien, se dice, Random House concedió un avance de dos millones de dólares.

Las mujeres pueden encontrarse a sí mismas tan cosificadas que llegan a sentir el vacío de su valor si éste no proviene de una presencia masculina. Cosificadas. Esa palabra. ¿Cómo así? ¿Qué significa? Ser objeto para la mirada de otro, por ejemplo, ser objeto del deseo masculino. En algún momento en el crecimiento de su cuerpo y de su mente, una mujer puede sentir ese hambriento deseo por ser observada, reconocida amada, deseada por un hombre. Esa noción, esa promesa, hace parte de las fibras de los filmes que vemos, de las fábulas infantiles, de las ensoñaciones comunes, de los deseos compartidos en conversaciones íntimas, del sentido del humor que estalla en momentos de cofradía.

Sobre eso escribe, de cierta manera, Cline en Las Chicas, un libro que no es, en teoría, sobre eso, sino sobre la atracción de una adolescente hacia los hábitos y dinámicas de una secta en California, al final de los sesenta. Y sin embargo, las frases del libro están hechas de jugosas membranas de experiencia femenina, de la psiquis de una jovenzuela donde a través de la cual se pueden presenciar las ráfagas que empiezan a agitarse en una mujer, esa añoranza por ser reconocida; una especie de cartografía, claroscura del, deseo femenino. Eso: el deseo femenino. Y no me refiero al deseo erótico – aún cuando esté inevitablemente implícito en la narrativa – sino a los deseos que colman vidas; el deseo por ciertas posibilidades, ciertas acciones, el deseo de ser de cierto modo, de vivir de manera libre.

Todas las oleadas mediáticas en torno al debut de la joven escritora son acertadas observaciones de la brillantez que compone este libro.

Y luego está la recientemente descubierta Lucía Berlín, cuyos cuentos cortos, impregnados de auto-biografía, revelan una existencia poco convencional, empapada de alcoholismo, maternidad y divorcios, y inmersión en mundos tan diversos como el oficio de limpiar casas y la enfermería. El cuento “Mi Jockey” es uno de mis favoritos.

Solterona: la construcción de una vida propia, de Kate Bolick (best seller de The New York Times) es un ensayo maravilloso que, también desde la autobiografía, reflexiona sobre la soltería femenina. Bolick escruta su tema a través de cinco grandes musas entre quienes se incluyen Edith Wharton y Edna St Vincent Millay. Y aunque no todas las mujeres a través de las cuales Bolick invita con inteligencia provocadora a pensar sobre lo imperioso que es casarse en la existencia de una mujer, fueron, de hecho, solteronas, aunque algunas de ellas sí se casaron, Bolick se encarga de trazar el hecho de que lo hicieron bajo términos muy propios o que se encontraron a sí mismas en sus momentos más deliciosamente creativos luego de interrumpir sus matrimonios. En últimas, la escritora, quien nunca sintió la inminencia matrimonial como un componente fundamental en su realización y que ha gozado de una vida romántica exuberante y variopinta, invita a reevaluar el término solterona – con todos sus tintes oscuros, de mujer fatalmente sola – para refrescarle a las mujeres de nuestra era que el matrimonio es una opción pero que vale la pena, al menos, interrogar por qué lo queremos en nuestras vidas.

Que estos libros las llenen de vida tanto como a mi.

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Vestidas para ser esposas

Algunas reflexiones sobre lo que significa el matrimonio en las vidas y vestimentas de las mujeres de hoy.

Vanessa Rosales Altamar

En el mundo de las mujeres, la noción de que tarde que temprano llegará el momento de ser esposa siempre parece flotar en el ambiente. Las fábulas infantiles, los filmes, las imaginaciones compartidas, las expectativas comunes, todas siembran, dictan, desde temprano, la importancia de encontrar la salvación, el engranaje para ser una mujer realmente plena: un príncipe, un amor sin deterioro, una maciza y protectora edificación.

En las edades más adultas, el asunto flota no como una mera posibilidad o como algo latente. sino bajo la forma de una especie de apremio, una urgencia que incrementa, una idea que acecha y que imponen la tradición, un eslabón por completarse, (pronto, por favor, que la biología nos estruja con sus efectos, que nuestras contemporáneas se han topado con su contraparte masculina y ya han caído bajo las redes de la procreación).

Ciertamente, las bodas son una intensa preocupación femenina. El mercado dedicado al tema está compuesto en su gruesa mayoría por mujeres. El asunto que gira en torno al vestido tiene amplias expresiones en la cultura popular. Los filmes norteamericanos caricaturizan esa añoranza, que se incuba generalmente en la niña soñadora que al alcanzar la adultez materializa su fantasía personal: celebrar con el hombre apto rodeada por sus afectos escenificando un festín colmado de códigos tradicionales - un vestido color nube, una celebración feliz, un rito que confirma su conquista de mujer triunfadora y plena. Hay ideas populares que bromean con la idea de que el día de la boda es un día realmente designado para los antojos y las voluntades de la mujer.

En la actualidad hay programas televisivos que ponen a las mujeres como eje de la maquinaria matrimonial – con tramas que gravitan alrededor de la imperiosa elección del vestido. Otros se concentran en narrativas cuya médula consiste en retratar las vidas de mujeres que se identifican y que sobresalen por ser esposa de alguien célebre o llamativo.

En el ventanal inagotable que son las redes sociales, abundan las imágenes de mujeres que enseñan sus anillos de compromiso momentos después de haberlos recibido. En una cultura fuertemente motivada por el impulso de compartir a través de imágenes digitales, se ha vuelto frecuente ser testigo de ese acontecimiento tan valorado en el espectro femenino: saberse la elegida para entrar en los albores de un amor cuyo propósito es no terminar jamás. Al lenguaje de los hashtags se ha sumado, además, la tendencia de conjugar los nombres de quienes celebran el rito.

En las instancias más cotidianas, en las amistades femeninas, en los vínculos filiales, se sobreentiende, de modo tácito, que el futuro depara lo mismo para toda mujer. Seguramente, algún día, antes de que alcance cierto umbral biológico, habrá de encontrar al individuo con quien replicar esa promesa cuyo nivel de constancia es altamente atípico en la condición humana: un afecto macizo e imperturbable, hacia una sola persona, durante el resto de la vida.

Novias: imaginaciones sobre lo femenino

Que el matrimonio – como la moda – sea un asunto comúnmente asociado a las mujeres, tiene motivos específicos. Durante siglos, el casamiento era una de las única forma que tenía una mujer para existir a nivel económico y social. Era lo máximo a cual podía aspirar.

En esquemas donde una mujer no debía trabajar, participar, educarse, tener influencia social, desarrollar criterios o ser activa, su rol primordial consistía en aliarse con sabiduría, procurar hijos y garantizar así la existencia del linaje de su marido. Un casamiento era un contrato a través del cual una mujer procuraba su despliegue en el mundo material: un hogar y un estado social digno.

El matrimonio era, además, el único espacio que admitía la activación de la sexualidad femenina. Sólo dentro de sus confines podía una mujer asumir su erotismo. El matrimonio era el único terreno en el cual se admitía que una mujer fuese sexual (y no tanto, por favor, porque en la visión de los hombres, una mujer puede incluso ser madre siendo virgen).

Casarse era la vía obligada para generar lazos – sellar apellidos, unificar castas, cumplir motivaciones políticas, generar mejorías sociales, aspirar a una procreación más evolucionada. Y era una de las únicas maneras de sacudirse un poco del pecado que, según varias religiones, nos condena aparentemente por el simple hecho de ser humanos.

Antes del siglo diecinueve, el amor romántico no era un ingrediente fundamental para el casamiento.

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“Con quién casarse y con quién sucederá – estas dos preguntas definen la existencia de cada mujer, independiente de dónde haya sido criada o qué religión practique o no”, escribe, en las primeras líneas de su libro Solterona: la construcción de una vida propia, Kate Bolick. .

Solterona, para Bolick, no necesariamente implica una mujer sin casar sino una que se maneja y que lleva su vida como un individuo. La individualidad no siempre fue algo permitido a las mujeres. Llevar una vida dictaminada por los propios términos es, en realidad, una novedad en la existencia femenina; algo que se ha visto desde hace apenas unas décadas.

Desde niñas, somos educadas para añorar ser la esposa de alguien. Podemos llegar a evocar, en nuestras soledades femeninas, el posible paradero del hombre con el que habremos de realizar ese gran ritual. De adultas, el tema cobra una proximidad cuando, por ciclos de biología y biografía, quienes nos son familiares inician la secuencia de bodas a las que nos invitan y bebés que nacen de manera serial.

¿Cómo explicar que, a pesar de que las mujeres llevan décadas afirmando que añoran más que belleza física, matrimonio y maternidad, siga siendo tan apremiante que una mujer se case?

¿Cómo explicar que pese al incremento en divorcios que hubo a partir de los setenta (cuando ya empezaban a sentirse los frutos de las liberaciones femeninas), en 2016 siga siendo tan importante la convención del amor eterno?

Muchos entendemos hoy que si los matrimonios antes duraban más, era sí, por amor, pero también porque separarse podía ser una transgresión social. En muchos momentos y lugares, la estructura del asunto hacía que las mujeres no pudieran escaparlo. Al salirse de la coraza matrimonial podían quedar desposeídas, socialmente rechazadas, estigmatizadas, extranjeras en la sociedad que antes las acogía.

Las liberaciones femeninas no sólo causaron oleadas de divorcios porque muchas mujeres encontraron que podían aspirar a mayor autonomía o porque sintieron que añoraban algo más que la casa y la cocina; también trajeron muchas novedades para la experiencia de ser mujer. En 2016, lo que hace unas décadas era revolucionario hoy ha decantado lo suficiente como para ser habitual, natural y cotidiano.

En este punto, no es novedoso que una mujer se debata cómo encajar las opciones que tiene; cómo balancear los roles tradicionales con los nuevos. Aún cuando no es nuevo que el proyecto de ser mujer tenga muchas más capas y dimensiones, también es cierto que, visto dentro de la amplia historia de la humanidad, no deja de ser algo relativamente reciente. Todavía estamos buscando respuestas.

De allí que uno de los constantes temas de la feminidad sea el cómo balancear la actividad con la vocación maternal. Una cuestión que pocas veces concierne a los hombres. Ni en los lugares de trabajo, ni en las visualizaciones personales suele estar presente cómo intervendrán los hijos o la decisión de crear un espacio familiar en las aspiraciones individuales de los hombres.

Al interrogar el tema del matrimonio seguro habrá muchas respuestas destiladas del romanticismo más genuino. Cómo no creer que existe, allá afuera, otra mitad que nos hará plenas. Cómo no idealizar un vestido que nos puede ubicar dentro de la fantasía infantil de la princesa. Cómo no visualizar envejecer junto a un hombre, con quien el amor pueda ser como en los filmes que moldearon nuestras proyecciones y fantasías. Cómo no creer en un amor poderoso que resista al tiempo.

Y sin embargo, esta reflexión no pretende oponerse al matrimonio en sí, se trata de una invitación para las mujeres del presente: a que se cuestionen por qué se quiere, por qué se siente necesario el matrimonio. Por qué, como mujeres, decidimos incluirlo en nuestro proyecto de ser. Por qué lo añoramos, si es que lo añoramos realmente.

¿Qué es casarse? ¿Un ideal impuesto? ¿Un espejo de lo fervorosamente judeo-cristianas que son nuestras concepciones del mundo? ¿Una idea a la que nos aferramos porque es más fuerte la inercia de la convención? ¿Estamos esperando a que, al dar ese paso, llegaremos a estar completos?

Tal vez olvidamos que estamos frente a los inicios del siglo veintiuno y que estamos ante la necesidad de nuevos discursos, nuevas formas que se acoplen a los sacudones que han sucedido para los sexos en las últimas décadas.

¿Qué significa el matrimonio hoy para una mujer? ¿Qué le da en el presente? ¿Qué le permite? ¿Qué representa?

Muchas veces se trata de un deber ser que se ha instaurado con fuerza en nuestro subconsciente. Algo que se nos ha enseñado es casi obligatorio en el acto de ser mujer. En otros casos se trata de la añoranza por sellar la vida junto a otro, multiplicarse, forjar un espacio compartido dentro de un orden aprendido de las tradiciones religiosas. La

Las mujeres ya no precisan del matrimonio para subsistir económicamente o para afianzarse como un ser social. Al mismo tiempo, es bastante común que las mujeres trabajen igual o más que un hombre y que, por ser mujeres, ganen menos. Aún subsiste, en muchos códigos familiares para nosotros, la noción del hombre como el breadwinner,el que pone la comida en la mesa, si bien no literalmente, al menos a nivel simbólico. Que una mujer gane más que un hombre puede ser un sinsabor para códigos masculinos tradicionales. En esos esquemas, el hombre debe proveer para ser varón.

Por supuesto que la convicción rotunda del amor también es un aliciente. (Como puede verse en el reciente filme francés Mon Roi). El deseo de construir un proyecto vital compartido es válido y comprensible. Pero también se puede cuestionar lo que nos parece evidente. Por qué y para qué queremos el matrimonio como mujeres llegando al final de la segunda década de los 00.

También se trata de considerar que, una vez dentro del terreno matrimonial, no dejemos de salpicar nuestra vida de autonomía e individualidad; que la identidad no colapse en la entrega maternal o el rol como pareja. Que no busquemos completarnos a través de ese ritual; que no depositemos en el otro nuestra satisfacción vital. Y eso aplica para ambos sexos: no hay acto más amoroso que el de permitirle al otro una libertad completa. “Estemos solos juntos”, como escribió Leonard Cohen.

Una de las cosas que, además, tal vez subestiman las mujeres es la libertad que nuestra época nos concede. Entonces, ¿abalanzarse sobre el terreno matrimonial porque la biografía convencional así lo indica; crecer, estudiar, trabajar, casarse, procrear? ¿O atrevernos, tal vez, a fabricar nuestro propio discurso de amor?

Últimas anotaciones: sobre la moda

Hay varios temas que conciernen a los significados que se le han asignado al vestido con el que una mujer se convierte en esposa. Blanco es el color de cabecera.

Un color que denota pureza e inocencia en la mujer. Es decir, para casarse, una mujer debe lucir virginal, depurada, libre de las impurezas de su aspecto carnal. Y aunque, esto sea sobre todo cierto más a nivel simbólico, hay algo inquietante al aceptar esos términos. No es que las mujeres de hoy, al casarse de blanco, estén implicando algo en términos de su sexualidad, pero en muchas ocasiones sí aceptan casarse luciendo como princesas, intocadas, con faldas anchas y siluetas que no necesariamente son compatibles con la idea de una mujer moderna.

A pesar de que la moda femenina ha evolucionado de incontables maneras, los códigos de vestimenta matrimonial siguen alentando una estética bastante convencional. Strapless, faldas con cualidad de merengues, exagerados pliegues color algodón, la actuación de princesa virginal y no de mujer sexy. A veces, habrá quienes rompan la norma con delicioso ingenio – una escritora feminista y una editora de moda que se casaron de rojo; una mujer de la moda que escogió un durazno levísimo hecho por una de las diseñadoras colombianas más conspicuas del momento; una ex modelo inglesa que escogió una ensoñadora pieza bohemia con pizcas de rock n roll; una actriz norteamericana que se casó de un rosa espléndido.

Vale la pena recordar, además, que si bien el blanco fue usado por la realeza para sus casamientos, no siempre fue el color habitual. Simplemente porque el blanco era precisamente un color que demostraba poder y posición social; no todo el mundo podía lucir un blanco puro y limpio. Los métodos de limpieza populares no permitían hacer lo que sí era dado a las castas privilegiadas. Las mujeres se casaban de negro, con trajes simples, ceremoniales, a veces incluso con algo que hacía parte de su vestir cotidiano.

La Reina Victoria marcó el hito con el vestido blanco para casarse. Lo hizo, sin embargo, bajo interesantes circunstancias. Primero, por amor, pues son conocidas las reflexiones amorosas que consignaba la reina en su diario sobre su esposo. Segundo, al querer hacer algo diferente – siendo que era ella quien ocuparía el lugar de reina – se dispuso a verse vistosa, un espectáculo imponente. Bello esa demás aprender que lo suyo tenía un significado más: como soberana estaba apoyando la industria de la seda inglesa. Todo su vestido era una afirmación de lo que estaba expresando como nueva reina.

De ella valdría la pena tener en cuenta todo el significado individual que había en el vestido. También es importante considerar que esa silueta, esa blancura, esa exquisitez pomposa, eran todos naturales en ese contexto. Como lo era el formato y los métodos matrimoniales. Tal vez hoy el discurso del vestuario matrimonial pueda, como los discursos del matrimonio también, permitirse nuevas formas.

De cierta manera, los vestidos de novia más convencionales replican el tipo de vestido que se usa para casarse hace más de cien años. De la misma manera, ciertas expectativas y costumbres sobre el matrimonio necesitan un refrescamiento. Al menos preguntarse para qué, por qué y cómo hacerlo de nuestra propia manera.


 

Roles femeninos en el cine

Antes de 1933, los roles femeninos en el cine podían ser increíblemente audaces. Mujeres modernas, asertivas, personajes complejos que rompían los límites de los estereotipos.
El Código Hayes, instaurado en el 33, buscaba atenuar todo tono de liberalismo; empezó a proteger los guiones de vestuarios provocativos, de mujeres dispuestas a transgredir la convención, las connotaciones de erotismo. De allí en adelante, el cine se convertiría en un recipiente imprescindible de ideales femeninos. Ayudó a domesticar, a dejar como moraleja que la mujer que se saliera del camino tradicional sería restituida al comportamiento de la docilidad.

Pero antes, como en este filme, había figuras de feminidad cuyo vigor podría incluso escandalizar al espectador actual.
Y en el cine, el vestuario era una experiencia estética en sí, con los estudios que tenían un departamento completo volcado a los aspectos del estilo. El vestido de esta fotografía lo hizo uno de los nombres más legendarios en ese oficio: Gilbert Adrian.

El cine siempre es una manera fascinante de sumergirse en lo que se representa como femenino.

¿Somos nuestras imágenes?


¿Cuál es el nivel de coincidencia entre esa fabricación estética que concedemos a través de nuestra versión visual y lo que somos, más allá de los filtros que nos presentan como algo para ver? ¿Cuál es la diferencia?
En el mundo digital, las identidades nos llegan como nunca en forma de imagen. Creemos que la imagen ES la identidad de quien la muestra. (La vida de la editora de revista encumbrada; la alegría consumista e inacabable de la bloguera que viste de forma sensacional; los que influencian el mundo actual precisamente a través de estas imágenes, curadas y digitales, a través de las cuales se presentan). Esta idea, del ser como algo sinónimo de la imagen, explotó en un momento particular. Durante largo tiempo, el feminismo rechazó la moda como una prisión limitante para una mujer; muchas de sus corrientes invitaron, por el contrario, a formas “funcionales y naturales” de vestimenta.

Pero las teóricas posmodernistas - ya en los 80 y algunas feministas también - rebatieron estas posiciones, argumentando que la Moda puede ser subversiva, liberadora: rehabilitaron los aspectos positivos de la moda.
Y sin embargo, eso coincidió con un momento en el que la cultura visual comenzó a reducir arte, política y la teatralidad de la vida diaria al juego de las imágenes. Experimentación hedonista con todo tipo de estilos - ideología que dicta que la base es el consumo de ciertos bienes. Y surge allí la figura que nos es muy familiar: el ser como performer (estético). Los símbolos se vuelven lo más importante. Vacíos muchas veces. Nuestra ropa, nuestras imágenes digitales - caemos ante autoridad de esos símbolos, que parecen ser todo, pese a la ausencia de significado palpable.

MODA FEMINISTA

Ensayo sobre feminidad y feminismo en un tiempo en que las libertades del ser y la apariencia nunca han sido tan amplias para las mujeres.

Es posible que las mujeres que adoran Mad Men recuerden dos maravillas de la serie: la delicia visual que es Don Draper y la forma en que la historia revela el mundo femenino de la época. Mad Men es un mundo poseído por hombres, donde las mujeres – elegantes, llenas de gracia, vestidas y peinadas con glamour clásico – se limitan al rol de asistente, esposa, dama doméstica o amante.

Pero aunque la serie muestra – sobre todo en sus inicios – que a comienzos de los años sesenta el acoso de los hombres en las oficinas era visto como un juego cotidiano y aceptable; y que era poco lo que una mujer podía ser o escoger, muchas nos enamoramos perdidamente de Mad Men. De ese pasado donde se llevaban recogidos dramáticos, ojos gatunamente delineados, fajas arriba de los tacones y debajo de prendas y faldas. Mad Men es un poderoso mundo que nos ha hechizado con su narrativa cinematográfica y su poder estético.

Pero a pesar de que la serie es un retrato de lo difícil que era ser mujer, la moda levantó a Mad Men en el pedestal de sus inspiraciones. Muchas nos enamoramos también de las siluetas que dominaban las escenas de la serie, de la idea de una feminidad más glamorosa y compuesta. En las pasarelas fueron abundantes los looks con cinturas estrechas, faldas llenas y midi como las de Betty, o formas ceñidas a las caderas en faldas lápiz como las de Joan. El paisaje visual se llenó de homenajes a la serie. Abundaron los disfraces y las fiestas temáticas en Halloween, y algunas marcas como Banana Republic lanzaron líneas cápsulas basadas en las formas modernistas y pulidas del momento.

El peligro de estas fiebres es cuando están basadas enteramente en la estética. ¿Qué es lo que adoramos realmente de una época en que las mujeres usaban ropa interior que limitaba sus movimientos y en la que se aleccionaba que su lugar era la cocina o el escritorio de la asistente? Sin duda, nos seduce la estética. El cuidado en el vestir. Nos seduce la realidad de otro tiempo, lo romántico que puede verse el pasado, el contraste con nuestra época. Todo, finalmente, guarda su propia belleza.

Y es cierto que Mad Men es un exquisito mundo visual, donde la moda nos hace soñar con un medio en que la elegancia era la norma tanto para hombres como mujeres. Pero también es cierto que la serie está ambientada en un interesante momento temporal: la era del pre-feminismo. Unos años antes de que reventara la oleada feminista que cambió la vida de las mujeres para siempre.

Fue en 1967 – año al que se aproxima la trama actual de la serie – cuando empezó lo que se conoce como el Movimiento de Liberación Femenina, una serie de estallidos en la política y la academia con una rebeldía específica: cansancio ante las pocas opciones que tenían entonces las mujeres. La evolución de ese movimiento es lo que explica que, hoy, como nunca antes, las mujeres podamos escoger ser lo que añoramos y que, como nunca antes y pese a las imperfecciones inevitables, exista un balance mucho mayor entre géneros.

Con frecuencia, las mujeres contemporáneas olvidan que hasta hace unas pocas décadas, por ejemplo, las mujeres en Colombia no podían votar; que era inconcebible que una mujer ocupara los mismos espacios que un hombre, que ser poco convencional era terreno prohibido para una mujer y que, hoy, inéditamente, gozamos de una libertad que nos bendice con posibilidades muchísimo más amplias que en cualquier otro momento de la historia. A veces, las mujeres dan por sentado su libertad, uno de los bienes más preciados en la vida y la historia de la mujer. A veces olvidamos también que incluso hoy, en 2014, no todas las mujeres son tan libres.

Pero esas libertades de hoy que sí tenemos son frutos directos del feminismo. Al feminismo debemos todo lo que podemos ser hoy. Lo que las mujeres del Movimiento de Liberación Femenina buscaban, finalmente, era expandir la posibilidad que tenía una mujer para escoger; para traspasar los límites de los roles tradicionales que, con frecuencia, retrata Mad Men. A esas feministas debemos lo que hoy nos parece natural en nuestras vidas.

Las mujeres de hoy, sin embargo, renegamos con facilidad la palabra feminismo. Se nos antoja aburrida y radical. Nos parece lejana y teñida de resentimiento. En la imaginación de muchos, feminista es una mujer amarga, estéticamente descuidada y adversa. Una mujer que con sus pensamientos excéntricos y exagerados no es capaz de las delicadezas del arte femenino. Con frecuencia, feminismo y feminidad se perciben como opuestos.

Como toda gran corriente de pensamiento, el feminismo es amplio y está lleno de matices. Una feminista negra de clase media en la década del setenta no podía ser igual a una blanca del mismo dominio social. Una feminista latinoamericana no puede ser igual a la que enfrenta sus propias preguntas en Norteamérica. Las posibilidades del feminismo de hoy no pueden ser iguales a las que flotaban en el aire de los años setenta.

Hay que entender también a las mujeres de la primera ola feminista. Hay que recordar que cada cosa se comprende mejor cuando se mira dentro de su contexto.. Que algunas de esas mujeres que se rebelaron contra el rol de la criatura doméstica voltearan su espalda a la moda tiene que ver con el cansancio que tenían de ser medidas únicamente por la apariencia.

Moda y Feminismo

La historia de la moda moderna es, en gran parte, la historia de la mujer. La moda es uno de los temas que con mayor frecuencia se asocia con lo femenino. Este giro, sin embargo – de que la moda es un tema exclusivamente de mujeres – sucede en un momento específico, en el siglo dieciocho, cuando el capitalismo nace y el mundo se industrializa. Antes, en el Renacimiento, por ejemplo, la moda era un tema de clase social, de status y poder. Desde el siglo dieciocho, por contraste, la moda divide los terrenos de lo que significa ser hombre y mujer.

Un breve recuento. Luego de la Revolución Francesa, flota en el aire un sinsabor por la opulencia. Los hombres, que salen del ocio aristocrático, comienzan a trabajar en asuntos que los trasladan a las oficinas. Se vuelven seres públicos y activos. Para afianzar el sentimiento de que todos son hermanos, la ropa masculina pasa a ser sobria y homogénea. Este momento es lo que el psicólogo J.C. Flugel nombró, en 1930, “La Gran Renuncia Masculina” – el momento en que los hombres desisten de la belleza y del cultivo de la apariencia. La utilidad se vuelve desde entonces el centro de la vida masculina.

Por contraste, las mujeres permanecen en el mundo doméstico. Al contrario de los hombres, no son limitadas en el terreno estético. Al contrario. En la cómoda intimidad de sus casas pueden llevar vestidos exagerados y variados. Sobre sus cuerpos se inscribe la riqueza del hombre que las mantiene. La prensa de moda las motiva a cambiarse muchas veces el día. Los columnistas las motivan a nutrir su encanto y su belleza para complacer a sus hombres. Las mujeres no trabajan pero, curiosamente, su ropa y el interior de sus casas se convierten en los símbolos de dinero de su marido. Ornamentar su casa y ornamentar su cuerpo eran las formas en que un hombre demostraba su poder adquisitivo.

En este mundo, la apariencia se convierte en la mayor virtud de una mujer. A diferencia de los hombres, las mujeres son libres de jugar con la estética. La moda moderna, cuya gran fuente es la novedad, las motiva al cambio y el reemplazo permanente. La moda, ese mundo cambiante de apariencias, permite que las mujeres sean performers a través de la estética, lo que implica queel tema gane terreno como algo superficial, frívolo, femenino y por ende, poco sólido y confiable, menor o menos importante.

Cuando las mujeres se despojan del corset y comienzan a envolverse en ropas que permiten mayor libertad de movimiento y más exposición de la piel, la vestimenta de la mujer se convierte en una forma más fuerte de complacer la mirada masculina.

En los años 70, muchas feministas hablaron sobre cine. Y con Laura Mulvey nació una interesante teoría que en inglés se llama the male gaze, algo así como ‘la fuerte mirada masculina’.

En breve, esta teoría indica que la mujer es un objeto de la mirada del hombre. El hombre la mira y la mujer es un objeto que se deja ver. Las películas de Hollywood, por ejemplo, proyectan la imagen de la mujer desde la mirada masculina– como un objeto de deseo. Las mujeres, por su lado, actúan y desean verse de acorde al deseo masculino, e intentan convertirse en objetos preciosos para su mirada. En este orden, una mujer encuentra su placer en la satisfacción que experimenta un hombre al mirarla. En esta lógica, las mujeres se visten para la mirada masculina.

John Berger escribió: “los hombres actúan, las mujeres aparentan. Los hombres miran a las mujeres. Las mujeres se ven a sí mismas ser miradas.” En ese pensamiento, una mujer se divide siempre en dos: en su imagen y en lo que es. Su actividad y su ser siempre tiene que ver con cómo se ve.

Moda Feminista

Durante muchísimos años, el feminismo se opuso rotundamente a la moda. Las feministas tenían motivos. Por un lado, pesaba el cansancio de que la estética fuera la gran forma de medir a una mujer. Por el otro, estas mujeres, radicales en algunos sentidos, inauguraban una tradición que antes no existía: la posibilidad de que una mujer pudiera escribir desde las cumbres de la teoría y la academia.

Para muchas feministas, la moda era un asunto limitante y constrictivo. Un sistema que hacía del cuerpo un objeto más, una atadura al ansioso deseo del consumismo y en últimas, una telaraña donde la mujer quedaba dominada por la mirada masculina. Suena extremo, ligeramente resentido. Demasiado radical. Pero estas mujeres estaban respondiendo a su tiempo; lo que querían era salirse del esquema de la apariencia para valer.

En los ochenta, sin embargo, teóricas posmodernas de la moda como Elizabeth Wilson suavizaron estos pensamientos. ¿Quién dijo que la moda era únicamente una fuente de ansiedad? ¿Quién dijo que la apariencia, la ropa, y el performance que permite la moda no es una fuente de dicha para las mujeres?

La moda puede ser un juego, una dinámica a la que los hombres, por ejemplo, no tienen acceso. La moda puede ser un juego de transformación, donde una mujer cambia, varía y fantasea sin perderse a sí misma. La ropa tiene poderes filosóficos y psicológicos en la vida de una mujer. Le permite ahondar en su pasión por la belleza. Le permite gozar de una rica creatividad visual. Le permite usar incontables atuendos y asumir incontables facetas sin dejar de ser la misma mujer.

En el complejo arte de ser mujer, siempre hay unas líneas muy delgadas entre el ser y la apariencia. ¿Cómo mostrar lo que somos a través de nuestra ropa? ¿Cómo balanceamos lo que somos con cómo nos vemos? ¿Cuál es el balance correcto entre lo que invertimos en nuestra estética y en nuestro interior?

Mujeres post-feministas

Si Mad Men está ambientada en la era del pre-feminismo, antes de que las mujeres pudieran escoger ser más que esposas o asistentes, hoy, por contraste, vivimos el capítulo del post-feminismo. En este escenario, el nuevo feminismo se define en gran medida a través de la moda y la apariencia. El ejemplo más vivo de esto fue, por supuesto, Sex and the City. Allí, un grupo de mujeres que muchas conocemos y veneramos a nuestra manera, demostró que el empoderamiento femenino no tenía que implicar la renuncia a la feminidad y la ropa bella. Al contrario, la serie nos enseñó que una parte fundamental de la independencia femenina tiene todo que ver con una vida fabulosa, llena de apariencias magníficas.

Pero si miramos atrás, también hay que reconocer que Sex and the City nutrió muchas fantasías insostenibles para las generaciones de mujeres que siguieron la serie de cerca. Tal vez muchas recordamos que Carrie, ya una treintañera independiente, cae en cuenta un día que, debido a su pasión por los zapatos costosos, no tiene cómo sostener su vida. También debemos recordar que el sueldo de una columnista en un periódico local no es necesariamente suficiente para costear, mes a mes, múltiples sandalias de Manolo Blahnik.

Sin duda, estas nuevas líneas han permitido que feminidad y feminismo sean palabras que se encuentren.

Pero algunas teorías recientes de la moda ven algunos peligros en este tipo de feminismo. Rechazar la moda completamente es negarnos el deleite que nos produce el juego y la fantasía como mujeres, es cierto; pero recuperar la apariencia como el gran motor en la vida de una mujer también nos niega la posibilidad de ser mujeres con estilo pero también sustancia.

Si en los setenta las feministas se fueron de un solo lado de la balanza, con un rechazo radical hacia la moda, hoy, por contraste, la moda es fundamental para ser feminista y ser una mujer de este tiempo. ¿Pero dónde poner la línea? ¿Cómo evitar perdernos en un radicalismo?

Otras ideas de hoy dictan que las teorías posmodernistas de la moda, – que rechazaron las ideas feministas de que la moda era sólo opresión para la mujer -, pueden ser demasiado indulgentes con la apariencia. El peligro está en que si celebramos la moda como un juego de roles y un gran deleite femenino, también podemos caer en la trampa de inflar demasiado lo que vale la apariencia en la vida de la mujer moderna.

Vivimos en un mundo donde la estética y los signos circulan muchas veces sin contenido. La ropa ya no es status de poder. Tampoco es, como en el siglo diecinueve, algo totalmente diciente sobre el alma de una persona. En ese entonces se creía que cualquier prenda era un símbolo que podía equipararse el espíritu de quien la llevara puesta.

Hoy, cualquiera puede usar una chaqueta de cuero sin ser necesariamente rocanrolero. Cualquiera pueda llevar unos jeans desgastados sin estar haciendo una afirmación de distinción rebelde. En este mundo, donde el ser tiene mucho que ver con la apariencia y es difícil leer los significados de la ropa, algo está pasando también con las mujeres.

Hija de mi tiempo, observo con frecuencia los movimientos del universo digital. Mi propia tesis en Fashion Studies está basada en la forma cómo las nuevas tecnologías han cambiado nuestra forma de ver la moda y la estética. Mi teoría personal es que lo digital, que nos permite un voyerismo sin límites, parece estar recuperando la apariencia como el gran atributo en la vida de una mujer. ¿Será posible que la celebración excesiva de la moda y la belleza estén produciendo un retroceso?

Es cierto también, por ejemplo, que como han dicho algunas teóricas de la moda como Agnès Rocamora, los blogs de estilo personal han permitido que las mujeres se auto-representen de una forma inédita en la historia. Por primera vez y a través de estos diarios digitales, las mujeres han logrado algo de control sobre su magen. Este tipo de blogs ha permitido que las mujeres decidan cómo son vistas por lo demás. Esto, de cierta manera, subvierte la famosa teoría de the male gaze (o ‘la fuerte mirada masculina’), según la cual las mujeres se visten, posan o se ornamentan únicamente para complacer la mirada del hombre.

Pero las blogueras se han convertido también en una forma de publicidad, y muchas han perdido la autenticidad que tal vez hizo que, al comienzo, el movimiento global fuera un poco subversivo para las mujeres. Muchas – pero ciertamente no todas – dejan hoy el sabor de estar más interesadas en la apariencia que en otra cosa.

En un mundo donde la moda es accesible a través de la imagen, donde la moda se observa en pantallas de computadores y celulares, casi cualquiera puede ver, disfrutar, percibir, conocer y sentirse identificado con un sistema que solía ser de pocos, un sistema elitista y de puertas cerradas. Si la moda está de moda es porque cada día es más alcanzable a través de las tecnologías digitales.

El hecho de poder mirar, a nuestro gusto, sin límites ni mediación, hace que podamos acceder y que por ende, celebremos más y más las apariencias. Hoy, cuando todos podemos ser curadores y editores de nuestras vidas a través de las imágenes que compartimos en Instagram, por ejemplo, el ser y la apariencia se confunden con más facilidad.

Y hay algo más. Algo que noto, por ejemplo, en una nueva tendencia que he comenzado a observar. En las mañanas, por las tardes y en ese ritmo irrefrenable que caracteriza Instagram, he comenzado a percibir cuentas dedicadas única y exclusivamente a la motivación del fitness. La pantalla del teléfono es dominada por imágenes de torsos moldeados y elásticos; imágenes de muslos finos y perfectamente hechos, cuerpos impresionantemente trabajados,. A veces, las fotografías contienen tips de ejercicios o mensajes que estresan motivaciones para ir al gimnasio.

Estas fotografías pueden motivar a una mujer a intensificar el cultivo de su cuerpo. Inspiran salud pero también desatan ansiedad ante una carencia. Estos cuerpos, por supuesto, son el fruto de trabajos constantes e intensos. Tal vez, incluso, las dueñas de estas cuentas hayan hecho de sus cuerpos su práctica laboral. Esto significa que llevan vidas donde el cuerpo es el eje primordial. Pero si hay algo cierto sobre la feminidad es que es, sobre todo, un universo inmensamente diverso. Y vale preguntar, ¿qué sucede cuando una mujer invierte todo su ser en su apariencia? ¿Qué sucede cuando es todo lo que la define y le interesa?

En la cultura colombiana, sigue siendo común que la belleza sea la gran virtud en la vida de una mujer. En las ciudades de clima caliente, por ejemplo, las chicas aprenden a trabajar y exhibir sus cuerpos desde pequeñas. Hoy, estas chicas jóvenes, conscientes de que con frecuencia sus cuerpos serán fotografiados y publicados en Instagram, por ejemplo, se sienten intensamente motivadas a invertir más en sus cuerpos. La pregunta es si están invirtiendo en otras áreas que las sostengan como individuos. La pregunta es, también, qué tanto de lo que buscan viene determinado por personas externas, qué tanto de lo que hacen en sus cuerpos es para complacer a la mirada masculina.

Sin duda, la belleza es una pasión femenina. La belleza nos permite sentirnos más vivas. El efecto de un objeto bello, frente a los ojos o sobre el cuerpo, tiene un poder transformador en la psiquis de una mujer. Y una de las grandes delicias de ser mujer es precisamente esa habilidad de materializar lo invisible a través de las cosas del mundo.

¿Pero qué pasa cuando la apariencia domina lo que somos como mujeres? ¿Qué pasa cuando la vida entera de una mujer gira entorno a la mejoría de su cuerpo en un gimnasio? ¿Qué pasa cuando una mujer paga cualquier precio por cumplir las expectativas de belleza de su contexto o para tener los objetos bellos de su deseo?

Toda esa ropa magnífica que nos permite observar sin restricciones Instagram. Aquellos cuerpos fantásticos que muchas añoramos tener. El seductor mundo de las formas bellas. El poder enorme de la apariencia. La apariencia, la belleza, el vestir. ¿Es eso todo lo que queremos como mujeres? Después de años, décadas y siglos de lucha por ser individuos, ¿estamos dispuestas a que la apariencia sea lo que más nos motive y nos empodere?

Tal vez llegó el momento de que feminidad y feminismo se encuentren según las necesidades de nuestro tiempo. Tal vez llegó el momento de que en Colombia la moda, esa cultura vibrante y en ebullición, dé también un giro feminista, donde las mujeres sean conscientes de que en un tiempo que les permite ser libres como nunca antes, vale la pena mantener en mente si vale la pena invertir todo en la apariencia, cuyo poder es finalmente bastante débil. El reto de la mujer de hoy es encontrar ese difícil balance entre lo que es y cómo lo aparenta.

Publicado el 30 septiembre 2014

Carta a la Moda

Confesión de añoranzas y desesperaciones, de anhelos y posibilidades, de expresiones y gestos vacíos; de sustancias y de un portal hacia las palabras.

Querida Moda,

Por lo que a mi respecta, debo decir que llegué a ti tardíamente y a fuerza de obtener, posiblemente, ese poder que sentí me había evadido desde temprano: la belleza. No sé bien en qué momento te instalaste en mi consciencia; tal vez fue un contacto tangencial, más no directo, emparentado con los aspectos que se trazaban en las figuras de la música y de filmes que absorbían mis ojos adormilados por la mismidad de ese caribe semidesértico, donde las vestimentas parecían (parecen) aún evocar, sin tregua, una sombra colonial, el efecto de lo húmedo, esa uniformización que avivan las jerarquías y los comportamientos anquilosados y furtivamente compartidos.

Tal vez tu verbo solo se hizo nítido para mi en la urbe, en esa goma grisácea que recaía sobre la avenida diecinueve, durante los descensos mareados de los autobuses, sucios y veloces que atravesaban el frío bogotano. Tal vez fue formándose, como una palabra escrita en un espejo empañado, en esa maraña sensorial de ascensos matutinos, rompiendo el aire frío y untado de jazmín por las escaleras, encaminada a tomar clases entre individuos que habían habitado la urbanidad desde temprano. Tal vez fue un reconocimiento silente pero certero ante la ilusión del desenfado en una chaqueta de cuero y un par de tenis desgastados. Tal vez comprendí que existías entre los cuerpos furtivos y danzantes, observándose en salones oscuros, entre los ritmos sintéticos o las estridencias de un rock emulado.

La instalación precisa es incierta, pero habías sido, ciertamente, una idea preliminar, presente en mis imaginaciones y añoranzas, más inteligible en los instantes de cine, los fervores musicales, las intenciones suscitadas por el contacto visual con el coolness de la cultura visual y musical que puede recibirse de pantallazos norteamericanos, de las vibras londinenses, de las voces y los ritmos de músicas de otros tiempos. No eran aquellas observaciones, sin embargo, las que arribaron después, cuando jovencita y con una pluma afilada, me senté a presenciar cuerpos de mujeres en movimiento con las ropas ideadas por creadores del país donde nací. Tuve que ir comprendiendo, de a poco, que tu palabra es un portal, que eres portadora de sentidos cuidadosos, cercanos, que se limitan entre ellos, que suman y que también separan.

Lo sé ahora bien. Eres múltiple. Llena de escamas, de puntos turbios y claroscuros, de instantes de posibilidad centelleante, de momentos de sopor desconectado. Tienes el lustro de la magia y las ideas; tienes leves gotas de poética; puedes ser una fantasía decorada; una revolución radical; una ensoñación para el cautiverio o para la libertad. Tu ambivalencia es, sin duda, una magnética cualidad. Permites que un corazón se hinche ante la visión de la belleza; perpetúas una angustia sin palabras, una sensación de escasez, el torrente de la insuficiencia. Esa sensación que una mujer conoce de repente, alguna vez en su joven existencia, cuando una marejada de susurros, de mensajes silentes le indican que su superficie, su apariencia, generan poderes para el mundo exterior, para aquellas otras criaturas siempre cercanas pero ajenas que son los hombres; cómplices o compañeros, también jueces.

En tus instantes de luminosidad, eres ese mundo de ornamentos donde vibra el comportamiento humano; donde se hace objeto la expresión de sentimientos, el flujo de afirmaciones; eres imagen suculenta impregnada de ideas; eres tiempo y ensoñación; eres posibilidad, eres el registro del pasado para otras mujeres; eres significado, propósito, sentido, el recuerdo de cómo la materia alberga lo invisible, los sacudones del tiempo, las nuevas libertades. Y en tus momentos aún más acentuados de belleza, recalcas el arte en tus costuras, en tus enunciaciones, en tus imágenes. Como imagen fotográfica, al óleo, digital e hiperreal, puedes ser el corazón acelerado, el confort que hay al presenciar lo bello, lo estimulante, lo creativo, la imaginación humana.

Pero en tu turbulencia eres también el gesto vacío, la pose ensayada, la ausencia de alma, la sustancia despojada de grosor, la estupidez, la banalidad, la incapacidad de otros por ver que, con el tiempo, te hiciste reina de una sociedad hiperconectada, que puede verte, a través de tantas soledades ligadas a la fragilidad de una pantalla. Eres espejismo. Eres el ego herido; la desconexión con el cuerpo; la inversión constante y desgastante por conservar una forma externa. El tedio por la ausencia de hondura, la chispeante dosis de lo banal, las risas falsas, el afán por ser una superficie bien cultivada.

Hay días en que se torna baja la tolerancia por tus adherentes, tus partícipes, sus fórmulas desgastadas, su intención vanidosa, su apetito por figurar y aparentar; su disposición de removerse de lo que persiste cuando caen las vestiduras y se cancelan las máscaras, las poses, las fotos, las conversaciones de humo. Hay días en que eres una falsedad, una fantasmagoría, una planicie sin hondura, una figura sin dimensiones.

Hoy comprendo que fuiste en este fuero interno, y al comienzo, una forma de compensar un vacío particular. Luego fuiste la reconexión con una fascinación personal, una navegación por la estética y sus linajes con el tiempo. Fuiste bandera de un fervor individual por la belleza. Te volviste un motivo para validar lo femenino en los universos donde hombres pensantes descreditaban todo lo que una mujer pudiese tener como intención para verbalizar o conceptualizar. Te convertiste en una manera de bucear los aspectos ambiguos de la feminidad – las vulnerabilidades, las condiciones, los poderes, las certezas, las peguntas, las cavilaciones. Te volviste una contradicción de orgullo personal; una forma de navegar la contradicción de manera natural, para así encarar la vida, las personas en ella, la historia de la sangre, las confusiones y la claridad.

Te hiciste presencia en una consciencia que a veces se extravió en tus formas briosas y encandiladas.

Te he excavado, te he escarbado, te he leído, te he usado, te he comprendido, te he odiado, te he repudiado, te he aceptado, te he percibido con los matices y los grises que te hacen, te he escrito, te he teorizado, te he reflexionado, te he fotografiado, te he hecho idea, lectura, textos, palabras, sentimientos, amores y rechazos. Te he agotado.

Ahora reconozco tu naturaleza, múltiple, amplia, anciana, gastada, siempre bella, seductora, vacía, fuerte, omnipresente. Te di mis palabras y mis pensamientos. Te di horas de ponderación, te cedí mi deseo, te concedí mi vanidad y mi confusión, te hice vehículo de mis deleites y de mis sufrimientos. Ahora sé que has sido un portal, como en un laberinto vital, para desencadenar, con la certeza que dan los años, el ser verdadero. Fuiste eso, un espacio de apertura, un punto de partida, un camino revelador, para saberme, para habitar mis propias honduras y superficies; eres el primer trecho en este camino que busca el verbo para existir y latir verdaderamente. Fuiste el portal hacia mi cacería por las palabras. Estás pero no eres todo. Nunca debes serlo. Fuiste un lente, una forma de mirar, un terreno inicial.

Ahora te conozco, te guardo con mis propias ambivalencias, te reconozco pero te sé; te sé en tus bellezas y en tus fealdades y por ende, te trasciendo, te voy dejando, me voy arrimando a las extensiones del ser que me componen allá adentro, en la sustancia, no en la forma. Te uso, te veo, pero eres ahora algo más, ese portal, esa forma para escribir, ese mundo que no me consume, que miro de lejos, que puedo discernir, pero desde la vitalidad de mi esencia, de una esencia que usa la forma pero que no se agota en ella.

La cacería por ser una mujer de estilo y de sustancia.

Vanessa Rosales

Nueva York, 2014

La mujer que me mira desde el espejo conoce bien lo que significa la contradicción. La observo con frecuencia, reconozco sus cambios mundanos, observando mientras un lema invisible asoma en el espejo: la batalla entre ser y aparentar. He llevado una vida hecha de esta contradicción. Asumiendo oscilaciones furiosas entre ser e imagen. Como un péndulo, como una ola.

Vengo del mar. De un Caribe que imagino con pisos de ajedrez, y aires impregnados por la voz de Benny Moré, donde las flores magenta se mantienen vivas a lo largo del año, cayendo como cascadas desde balcones coloniales que adornan casas color lavanda, turquesa pálido y rosa coral. Donde féminas de belleza gloriosa saben exudar divinidad – ya sea por naturaleza o por artificios prestados; donde predomina que las mujeres sean definidas y medidas por cómo lucen.

Tal vez por sea que las metáforas marítimas sean precisas en lo que a mi respecta. Mi propia naturaleza tiene afinidades y semejanza con una perla que se oculta en una concha hermética. Con frecuencia he experimentado temor; de todo - de la vida y de sus cosas más pequeñas, de las menores interacciones con el mundo. El temor hace que la perla se oculte, asiéndola en un estado de aislamiento. Pero el temor desaparece y el auto-control también me conduce mientras navego, y la concha comienza a fulgurar en su estado de apertura, haciéndome la criatura luminosa, atemporal, marfil y redondeada que puedo llegar a ser. Estar oculta o mostrarme luminosamente - oscilar entre ambas es otra de mis contradicciones primarias. Porque he sentido el miedo en las cavernas de mi mente, pero porque he tenido el coraje de llevar la vida de una mujer no-convencional.

Tanto la feminidad y la moda son dominios hechos de contradicción. Las ropas son cosas que portan significados y sentidos. Una mujer actúa, es, sin perder de vista cómo se ve. Me considero versada en estas contradicciones del ser mujer. Fluctuando constantemente entre la cacería del estilo – ennegreciendo mis pestañas, coloreando mis labios, moviendo mi cuerpo en gestos de atletismo, adornándome con las ropas correctas – y una cacería por la sustancia también – invirtiendo mi tiempo en la escritura, en el trabajo, en un sentido de ser que no dependa completamente sobre mi apariencia y el refuerzo de cosas externas.

La cacería es por ser una mujer de estilo y de sustancia. De niña, añoraba saber escribir. Antes de saber hacerlo, llenaba cuadernos a rayas con jeroglíficos infantiles. Mi hermana había nacido y yo sabía con una furiosa intuición que quería saber escribir. Rezaba – criada en una atmósfera católica – para poseer, avanzada en tiempo, el don de la belleza femenina. Retengo la imagen de un lavadero en la ciudad de Barranquilla, un sueño o una imaginación, y de pedir desde allí, pequeña, a la fuerza divina que me concediera pelo rubio y ojos zafiro. En mi versión más radical, durante la adolescencia, me convertí en una especie de esencialista, escindida de la tribu. Impregnada de soledad excesiva, despojada de las formas de belleza que se esperaban de una jovencita en esas tardes de colegio tocadas por el salitre y dictadas muchas en inglés. Cultivé mi mente mientras que las mujeres de mi edad, en un paisaje tropical y latino, aprendían los artes de poseer buenos cuerpos y los dones para socialización tribal. Los pensamientos no parecían inhibirlas, sabían de las redes que se tejen en la vida, las hacen y por las razones que se espera de una mujer en cierto lugar y ciertas formas de pensamiento.

La poesía era entonces mi forma. Pero luego advino una furiosa oscilación. Repudié aquella intelectualidad y cedí a una vanidad que me mareó. De fondo, estaba rechazando el sendero del escritor o la escritora que se alimenta tantas veces de la pena y del dolor. La feminidad suele vibrar a través de la supervivencia que se aprende en las formas silenciosas de reinvención. Y mi progresiva transformación estética comenzó. Y aún así, otra contradicción: el sentimiento de una falta de poder, no ser nunca lo suficientemente bella y, sin embargo, poderosa por ser más que una forma hecha de gracias que encienden los apetitos y deseos de los hombres.

He sido cazada también por una furia hacia el hecho de ser mujer. Ardientemente resistente a ser dominada. Estoy colmada de reflexiones sobre dominio y libertad. Y aún así, en el amor, por momentos he caído en ciertas docilidades indecibles. Añorando un amor masculino que ame en mi las honduras, las bellezas, las dificultades. Descubriendo, de a poco, que aquella añoranza sólo podría ser colmada adentro mío. Una acción sostenida, propia, fabricada desde la experiencia interna e individual.

Cuando encontré a Chanel, leonina, temí que ella sostuviese un espejo a mi propia feminidad, un reflejo de ciertas renuncias femeninas que por momentos he temido. Encontré en el feminismo un prisma a través del cual discernir, articular, encontrar sentido a lo que significa ser mujer en mi época particular. Chanel fue hija de su tiempo, un tiempo distinto. Lo soy yo también, mujer hipermoderna en la vórtice inédita de libertad femenina que vivimos.

Adoro las chaquetas de cuero, sobre mi lomo y mi cuerpo, en las fotografías de mí misma, en el espejo. La simplicidad en el vestir metropolitano de mujeres largas y espigadas en las ciudades donde no nací me cautivan. Pero en las calles neoyorquinas he podido descubrir que no soy yo una sofisticada urbanita. En las aceras, en los minutos veloces y subterráneos, en el cruce con el mundo en los contornos agitados de esa isla, sentí que lo mío era ser una mujer del caribe, donde no he sido una criatura puramente de moda ni tampoco una académica empedernida. Nueva York me impulsó a considerar que provengo de un lugar donde la piel negra y la fruta colorida colman un paisaje visual en el que la belleza y la descomposición coexisten. Donde las mujeres son medidas en identidad por su apariencia y su superficie. Donde he sido no-convencional por hacer de una gracia estética adquirida compatible con la hondura y la naturaleza pensativa, por llevar una vida de imagen y del acto de ser verdaderamente.

 

Vanessa Rosales
ESCRITORA. CONSULTORA. CULTURA, ESTILO, HISTORIA Y TEORÍA DE MODA​