Categoría: Escritura

Femeneidad

Anotaciones para mujeres que se complacen a sí mismas con Tania y Triumph

Ha sido un año movido para los temas de la feminidad. Ser mujer en este tiempo implica también reinventar lo que es femenino. Como lo entendemos, expresamos y vivimos. Y este año nos ha mostrado también que los ideales masculinos son inseparables del tema.

Ser mujer en esta época significa poder darle voz a cosas que antes no eran reconocidas. Crear nuevos moldes mixtos de comportamiento. Buscar existencias motivadas por un sentido de autenticidad, algo que permite ese terreno maravilloso que es la libertad.

Significa, por ejemplo, desafiar el lente dual con el que quisieron definirnos. Significa crear idiomas donde se vale la armoniosa contrariedad. Recordar eso para sentir la contentura y gratitud de una mujer que como individuo puede crearse a sí, dueña de su propia vida.

 

 

 

De esta época para lo femenino, una idea que me ronda de manera constante: el mundo ha sido contado, explicado, categorizado, representado y narrado, de múltiples formas, por una percepción y mirada masculina que ha sido dominante.
Pero estos tiempos que corren, que revelan esos cambios que han venido con las liberaciones femeninas, estos momentos llenos de voces que osan nombrar lo que había sido sombra callada; estos momentos donde se entiende que las nuevas formas de feminidad implican imaginar y crear lo varonil de maneras refrescantes.

Estos tiempos, sí falaces, sí con muchos progresos faltantes, sí con muchos caminos apenas iniciados - también es el gran tiempo donde la perspectiva femenina comienza a tomar fuerza, de formas que permiten generarle esa validez durante tanto tiempo obnubilada.

Y también, capítulos donde llenar el vacío que aún nos abarca: de explicar a los hombres cómo es esa forma femenina de habitar el mundo y representarlo.

Mirada masculina

La intensa mirada masculina

Columna publicada en EL ESPECTADOR
Vanessa Rosales

 

La mirada de los otros siempre opera en el acto de vestirnos. Después de todo, vestirse es hacer un “performance” –estilizado o no– para aparecer ante los demás.

Leí que el cerebro de los hombres está diseñado para tener un enfoque singular. Es decir, éste sólo puede enfocarse en una cosa a la vez. Esto revela que, en su capacidad de concentración, los hombres son unidireccionales. ¡Ajá! Dicha cualidad permitiría comprender mejor por qué miran de manera tan punzante a las mujeres que les resultan atractivas.

Estudios y comentarios coloquiales confirman que los varones no logran disimular su interés visual en una mujer que les resulte llamativa. Al parecer, todo ello se debe a una constitución cerebral.

Y aunque, sin duda, hay aspectos en el acto de mirar que están anclados en la biología, hay mucho en mirar que también ha sido construido. Y lo que es más interesante aún: hay mucho en la manera de mirar que es, en realidad, una extensión de todo aquello que se considera auténticamente “viril”.

“Ser varón” implica mirar al cuerpo y el vestir femenino como una cosa que puede –o no– ser consumida. Los hombres aprenden que es “viril” mirar a las mujeres con una lujuria que muchas veces no es bienvenida (no se reporta la primera mujer que esté dispuesta a abrirle el corazón –o los muslos– al macho criollo desconocido que le lanza una mirada lasciva).

Pero a los hombres se les enseña a mirar a las mujeres desde una extraña e irreconciliable contrariedad: criatura mundana o virginal. Por su lado, las mujeres aprenden a verse a sí mismas desde esa misma dicotomía. Se les enseña que sean objetos de deseo para la mirada masculina, pero se les prohíbe tajantemente que ellas sean seres sexuales en sí.

Todo esto termina evidenciado en el terreno del vestir. La mirada de los otros siempre opera en el acto de vestirnos. (Después de todo, vestirse es hacer un performance –estilizado o no– para aparecer ante los demás).

Existe sobre esto toda una gama de perspectivas que han manifestado que la mujer es el objeto que se deja mirar, mientras que el observador activo es el masculino. En ese orden, las mujeres han aprendido a verse a sí mismas de una manera también masculina. Por eso el acto de mirar nos habla también sobre esas dependencias que se forjan en contextos donde la gran realización para una mujer es obtener el reconocimiento masculino.

La moda, por ejemplo, se ha ido liberando –en teoría– de esa complacencia a la mirada varonil. El ideal actual celebra la mezcla y la contrariedad –elementos que no despiertan sino la confusión del varón, entrenado para surcar cuerpos y no hembras vestidas–.

Las mujeres que siguen la moda no necesariamente buscan crear una visión compatible con lo que despierta el deseo del varón. (Y sin embargo, incluso las mujeres más vanguardistas pueden, en algunos casos, estilizarse a sí mismas pensando en el varón heterosexual que es objeto de su conquista).

Ahora, la mirada masculina no parece haber evolucionado al mismo ritmo. ¿Se dan cuenta de cómo la forma en que el varón mira es una extensión de esa virilidad donde la mujer es una cosa y no un par?

Damas con actitud

Publicado en CROMOS

Jueves 03 de Agosto de 2017

 

Por: Vanessa Rosales.

 

 

Clic. Una mujer sonriente muestra su atuendo. Tap. Lecciones sobre maquillaje rápidas y narradas por una chica de manera dinámica. Espabilo. Cambio de imagen. Deslizo. Nueva fotografía. Vista a la pantalla. Tonos edulcorados, cuerpos lisos, ropas bellas, sonrisas constantes, mujeres posando.

 

Las mujeres siempre han mirado imágenes de otras mujeres para aprender cómo vestirse, cómo moverse, cómo gesticular, cómo comportarse, cómo ser. Mirar atrás, en busca de ideales de mujer de otros momentos, siempre empuja a asomarse al mundo de las imágenes, espejos importantes en el tema.
Flapper. Pin-up. Femme fatale. Fémina ornamental. Dama elegante. Chica dinámica. Mujer liberada. Ejemplos varios. Sin embargo, antes las imágenes eran más limitadas y lo eran también los tipos de mujer que se celebraban.

 

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Hoy, en la experiencia digital, en ese mar visual saturado y siempre cambiante, ¿qué tipos de mujer celebran las imágenes?

 

Entre nosotros han aterrizado figuras como la youtuber, la influenciadora, la bloguera (y sus derivadas). Y con ellas también una interesante ambivalencia.
Por un lado, ellas han sido ejes de una poderosa liberación (algo que, si bien ya no se siente novedoso, no deja ser revolucionario). La era digital dio a esta generación de mujeres la posibilidad de ser ellas quienes se encargan de su propia imagen (los encargados de nuestras imágenes fueron, durante mucho tiempo, los hombres, la mirada masculina se encargó casi siempre de crearnos).

 

En ese sentido, estas mujeres son hijas de su tiempo. Herederas de una época en la que nunca habían sido tan libres para hacer imágenes de ellas mismas. Habitan un momento en que nunca habían estado tan disponibles a nuestros ojos tantas mujeres y tantas imágenes.

 

Pueden tomar su propia fotografía hasta estar complacidas y saciadas. Pueden volcar la cámara de un celular y hacerla espejo. Pueden crear videos en la privacidad y lanzarlos a millares de miradas. Pueden decidir lo que proyectan acerca de sí mismas en el performance virtual. Pueden escoger lo que ocultan y delatan de su ser, su cuerpo y su vida. ¿No les parece un gran poder?

 

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Las contradicciones de nuestro tiempo

 

Aunque sí es cierto que las tecnologías (y las liberaciones femeninas) han hecho que la mirada del hombre ya no sea tan definitiva como antes en nuestra identidad, también es verdad que, al poner tanto foco en la imagen, han activado la búsqueda de aprobación de los demás. Una de las desventajas de las redes es, precisamente, que motivan a que las mujeres retomen esa ansiedad por complacer. Y, sobre todo, están haciendo de la apariencia uno de los elementos más importantes a la hora de construir su identidad.

 

 

¿Qué nos dicen estos ideales de mujer?

 

En muchos casos, nos hablan de una identidad puesta en la imagen. Mujeres dominadas por la apariencia. Cambios de ropa interminables. Poses incesantes. Máxima aspiración a la belleza. Ser linda. Ser aprobada. Complacer. Mostrarse siempre alegre.

 

Hay, sí, un discurso en torno al esquivo concepto de la ‘autenticidad’, que si bien en ciertos momentos invita a las mujeres a quererse y a aceptarse, lo hace bajo el hechizo de la apariencia como centro de gravedad.

 

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Estas preguntas no intentan crear vigilancia en torno a lo que se escoge o no en libertad. Son más una invitación a preguntarnos si los ideales de mujer que estamos celebrando le hacen honra a las posibilidades que muchas tenemos hoy. La vanidad, la moda, la estética, todas pueden ser armas de afirmación, de autonomía, de goce. Vivimos en una era en la que una mujer, en todas sus complejidades, puede tener la moda como herramienta de expresión. Pero costó mucho llegar a que las mujeres pudiéramos ser más que solo imagen complaciente.

 

¿Estos ideales incentivan a las más jóvenes a que sean auténticas? ¿O a que cultiven, sobre todo, el aspecto de su imagen? Con todas las delicias que puede acarrear la apariencia, hoy, que hay tantas posibilidades, ¿queremos ser esclavas de lo que vemos en el espejo?

 

 

Fotos: Getty - iStock.

Escritura Vanessa Rosales

Mujeres

No siempre es fácil quererse o valorarse, mujeres.

Muchas tambaleamos en el proceso de crearnos como mujeres de este tiempo.

Sin darnos cuenta, desde pequeñas nos enfrentamos a ideales imposibles de obtener. Esos ideales entran en nuestro subconsciente y palpitan en el fondo de nuestro mundo interno incluso en la adultez. La Barbie clásica nos promete un cuerpo extraordinario. La idea de que una mujer puede ser madre en estado virginal nos lleva a una contradicción constante e inconsciente desde pequeñas.
Vamos aprendiendo, sin darnos cuenta también, que tal vez no somos suficientes. He escrito en estos días que hay mucho en ser hombre y ser mujer que es aprendido también.

Nos enseñan a que la máxima promesa es que un hombre nos elija. Nos enseñan a que debemos “ganarnos” el amor y el deseo como un premio. (Y sepan que a los hombres también se les enseña a ser de cierta manera desde pequeños, formas que refuerzan estereotipos limitantes para el mundo que hoy nos rodea). Si lo piensan, desde pequeñas nos enseñan sin querer que ser asertiva no es algo femenino. Que es mejor ser dócil para ser una “buena mujer”. Sin querer, vamos aprendiendo a dudar de nosotras mismas. De compararnos entre nosotras. De vernos como competencia y no como inspiración.

Breve reflexión de un amplio tema. Pero la idea central: nos enseñan desde tempranito a no querernos.

El mayor logro de una mujer de esta época no es casarse, ni vestirse bien, ni hacer dinero, ni ser gigante en su oficio, ni alcanzar la maternidad o todos esos “deber hacer” que fueron goteándose en nuestro inconsciente.

El mayor logro está en el valor que sentimos tenemos. Todo lo demás nace como cascada de ser imperfecta, pero de valorarse y quererse.

Nada de afuera nos da ese valor. Viene, se crea de adentro.

Foto @jcdavilab

Mujeres Vestidas

Book and Bubbly

Mi primer libro, un gozo burbujeante. Historia de feminidad, celebración y estilo con Chandon.

Vanessa Rosales

Fotografía: Angélica Moreno

Mujeres Vestidas no es una guía de estilo ni un inventario de axiomas que sugieran formas de vestimenta - es un libro de ensayos pequeños, que combinan la historia, la teoría y una forma pensativa de considerar la moda actual. Aunque está más presente que nunca gracias a su ubicuidad digital, en Colombia, en muchos sentidos, la moda como tema sigue siendo visto como un asunto de entretenimiento y no una fuerza o expresión cultural. Este tipo de literatura sobre moda busca darle a un tema largamente percibido como frívolo, secundario, banal (y por todas las anteriores, femenino), la sustancia y la hondura que puede tener si se afina la mirada.

También es una forma de afirmar que ese tema que tanto se asocia a lo femenino es un terreno de pensamiento.

13 capítulos. 13 ensayos.

Entre mis favoritos está el de la relación entre mujer y espejo; el de moda y cine; el de hombres; el del feminismo. El último está dedicado a la moda colombiana.

Erase una vez cuando la moda me apasionaba, me deslumbraba, me hinchaba el pecho.

La surqué toda.

Era joven. Más de una década atrás. Internet y los blogs eran una novedad. La juventud bogotana se alzaba ante mi mirada cartagenera como una promesa de expresión urbana; había patrones y sitios ligados a géneros musicales. La revolución digital empezaba apenas en el contexto colombiano.

La #moda. La buceé entera. Me sumergí completa en la inquieta cacería de discernirla e interpretarla.

Cazadora de lo cool; columnista; periodista; editora; crítica; analista; productora; asesora.

Cuando dejé las revistas, y me aventuré a la independencia digital, me adjudicaron el término bloguera. La esfera digital es ingrata - todo lo diluye y traga.

Vogue. Diners. Fucsia. El Heraldo. Summus. Exclama. Buenos Aires, Bogotá, Nueva York, Parsons. Historia y teoría. Perfiles. Reseñas de pasarelas. Narrativas digitales. Entrar a los armarios de las chicas más estilosas. Entrevisas, cubrimientos, escritura, siempre escribirla para entenderla. Asesora de reinas. Consultora para marcas. Conferencista sobre teorías del estilo. Una tesis sobre lo digital. Posar con ropas en escenarios diversos; inventarse un concepto con el caribe como piedra angular. Ensayos. Videos. Representaciones de marca. Todo ello.

Ahora la moda es una especie de piel pesada, que en su mudanza, no me va.

Es un tema manoseado, frecuentemente vacuo, sus destellos revolucionarios de la era digital se han diluido en feminidades superfluas, cargadas de banalidad; el discurso del siglo XX se ha agotado. Su democracia en cuanto imagen digital, accesible sin esfuerzo, la ha hecho un tema que muchos ven pero del cual pocos realmente saben.

Y de fondo, entre sus aguas y mi buceo, el fin último era hacer del tema algo que tuviese peso intelectual. Los intelectuales colombianos siguen viéndola, a la #moda, como un temita secundario, para se reseñado sin profundidad, sin debate intelectual.

La moda siempre fue excusa para escribir. Sobre cultura, sobre feminidad, sobre cine, sobre el zeitgeist.

Que Mujeres Vestidas sea motivo para que la intelectualidad colombiana vea la moda como tema de reflexión cultural.

 

Historia visual con Kolor y Home Center

Cuerpos y espacios se visten y actúan como extensiones de nuestro mundo interior.

V.R.

El estilo está tan grabado y tan presente en nuestra experiencia cotidiana de las cosas, que sus elementos más básicos pueden pasarnos inadvertidos aún cuando sean visibles de la manera más constante. Lo que más observamos es, curiosa y contradictoriamente, lo que más puede pasarnos desapercibido.

 

¿Cómo así?

 

Entendamos que estilo no significa necesariamente una actitud estética deliberada, una cuestión de la vestimenta o un tema de la apariencia que nos acompaña. Estilo está en todo lo que experimentamos como seres visuales y en los momentos más mundanos: la distribución de nuestra habitación, el ordenamiento de nuestro edificio, el diseño de la tienda en nuestro barrio, las fachadas que componen nuestra calle, la estructura de la oficina donde trabajamos.

 

Estilo es todo aquello que nos envuelve como seres que experimentan el mundo desde lo estético y lo visual.

 

Ahora, del estilo, suele ser precisamente lo que nos resulta más visible lo que se convierte para nosotros en hábito, costumbre, vista familiar. Y también lo que, una vez hecho extraño, o visto con nueva distancia, nos regala nuevas miradas ante lo que más creemos conocer.

 

“El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes sino en tener ojos nuevos”, dijo Marcel Proust.

 

Estilo es un terreno que permite crear nuevos paisajes e inventarse formas nuevas de ver lo acostumbrado.

 

El color es una de esas cosas del estilo tan básicas que a veces dejamos de verlo: está en todo, es casi inadvertidamente visible; nos acompaña y anima en lo más cotidiano de la vida; nos influye de manera consciente o nos permite experimentar ciertas cosas si lo buscamos de manera intencional.

 

Evidente como puede sonar, todas las cosas del estilo involucran el color.

 

Por eso, si afinamos nuevos ojos ante lo que algo tan ubicuo y cotidiano somos capaces de ver en lo acostumbrado nuevos significados, nuevos sentimientos y nuevas expresiones. La transformación desde lo conocido.

 

*

 

Los seguidores del estilo en sus versiones más sofisticadas saben bien que estilo no se detiene en las elecciones del vestuario.

 

Saben que es un tema que se esparce a las más variadas expresiones que tiene un individuo.

 

Si la ropa tiene la posibilidad de ser una extensión del yo, nuestros ambientes circundantes e inmediatos, los espacios que habitamos pueden ser también lienzos donde proyectarnos, inventarnos y transformarnos.

 

Quienes siguen la moda y el estilo saben, además, que ambos son terrenos altamente conectados con el cambio. (La gran lógica del estilo en el vestuario es precisamente la de proporcionar cambio constante e insaciable).

 

El estilo, en todas sus expresiones, está poderosamente ligado a la transformación.

 

Los colores que componen nuestro estilo cotidiano pueden ser componentes de algo más que una mera decisión de estética circundante: pueden ser actores en el arte del placer que podemos encontrar, como seres sensibles, en la transformación.

 

De eso se trata, en gran medida, una transformación de estilo Kolor: el placer del cambio. De encontrar nuevos ojos para nuestros ambientes cotidianos. De hacer del estilo en nuestras vidas una proyección de nuestro interior. De hacer de los espacios que habitamos lienzos de transformación. Y de hacer del cambio – que tantas veces no logramos controlar en situaciones vitales – un placer, algo que está bajo nuestro custodio, algo que nos permite afirmarnos lúdicos y creativos.

 

El color, además, traspasa la mera superficie. Con frecuencia está empapado de significados.

 

Kandinski, por ejemplo, ideó toda una concepción teórica del mundo a través de sus percepciones del color.

 

Ellos pueden ser activos y dinámicos, intensos y excitantes, motivadores o atenuantes. Los colores pueden tener una actuación directa sobre el alma.

 

Estilo, color, la capacidad de transformarnos, la posibilidad de reinventarnos, de encontrar nuevos ojos para nuestro paisaje familiar, de crear nuevos paisajes que reflejen quiénes somos: de eso se trata esta historia visual por el estimulante mundo de lo cromático con Kolor.

 

Una poderosa transformación en nuestro campo de visión cotidiano que se logra a través de la sutileza significativa de un cambio de color.

#MujeresVestidas con @planetadelibrosco ya se encuentra en muchas librerías del país.
Algunos que se arrimen al libro seguro verán un objeto bonito, colmado de imágenes estimulantes; pero quienes lo lean encontrarán una forma de leer e interpretar la estética, el vestir, la moda y la feminidad usando prismas diversos de la teoría, miradas históricas y reflexivos acercamientos a un tema que, aquí, apenas ahora empieza a ser visto como un asunto digno de los que verbalizan, de los pensativos. El libro es un híbrido que refleja su propio tema: las apariencias con sustancias, las superficies vistas también por sus significados y contenidos.

Espero sus comentarios sobre capítulos favoritos.

Vanessa Rosales

Aspiro a ser escritora desde muy niña. Nada mece en mi las fuerzas vitales como la palabra escrita. Y aunque pasé por la academia, coqueteé con el periodismo y he estado atada al rótulo de las letras desde mi propio intersticio, la #moda fue el tema sobre el que, hace más de diez años, decidí escribir.

En parte, para removerme de mi misma, para despojarme del prisma de la poesía (el primer tipo de escritura en la que incurrí). En parte porque el mundo de los escritores se me antojó, bajo observación, insoportablemente machista. En parte porque se volvió un lema hacer de lo que ha sido habitualmente tachado como femenino - y por ende secundario y frívolo - algo merecedor del escrutinio intelectual. En parte porque la estética y la superficie - con frecuencia tan vacuas y carentes de sentido - eran formas de acceder a una hondura inesperada, tejida en signos que tocan las fibras del tiempo, las ideas, el pasado, la teoría, los comportamientos, la condición de la vida misma.
Escribir sobre moda fue una catarsis biográfica para discernir las realidades sobre la apariencia y la superficie. Fue un portal, desde cierta terquedad y un poco de rebeldía, desde donde extraer hondura de lo que se estimaba frívolo. Ha sido también una forma de entender lo que significa la feminidad. Y ha sido una forma de borrar los límites entre todos los ámbitos que han esculpido mi pluma y mi manera de mirar. (Filosofía, historia, teoría, narrativa, periodismo). Mi primer libro, #MujeresVestidas comienza a estar en librerías esta semana.

Este retrato fue pensado para capturar la transformación tan esperada en la superficie: mi ser, materializado al fin.
Eso es este primer libro. Una aspiración que con persistencia, vehemencia y fervor hoy es tangible.
Imagen del talentoso @juanmo2re
#MujeresVestidas

Vanessa Rosales
ESCRITORA. CONSULTORA. CULTURA, ESTILO, HISTORIA Y TEORÍA DE MODA​