Categoría: Moda

Rebel Lady

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Fotos Juan Moore

Locación Johnny Rocket’s

Biker de Extension Leather Lab

Los códigos estéticos del rock n roll no siempre nos fueron permitidos a las mujeres. No eran remotamente un ideal posible en tiempos donde primaba un look general motivado por la lustrada, doméstica y “apropiada” apariencia.

Los códigos de ese mundo desenvuelto, donde el alma vibra libre e individual, donde la expresión puede ser enérgica llegaron para nosotras después, con las liberaciones - y remezones - que trajeron los 60.

Se permitió entonces la rebeldía femenina en la estética. ¿Y hoy? La rebeldía puede vibrar con lo ultra-femenino; encontrarse con códigos tipo lady; conjugarse con las materias que evocan delicadeza, romanticismo. En la era ecléctica, la suavidad coordina con la rebeldía.

La deliciosa flexibilidad de una chaqueta de cuero.

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Editorial con Triumph & Tania

La vestimenta comienza en el interior – en los sentimientos y los pensamientos, pasa a la ropa interior y se expresa finalmente en las prendas del exterior. En la moda de hoy, una sola mujer puede asumir distintos aspectos y roles en momentos diferentes. Lo invisible siempre tiene un efecto compatible con la expresión que se ve.

Vanessa Rosales

Fotografía: Angélica Moreno

Una mujer complacida consigo misma: eso, a nivel de energía, estética y expresión, emana un poder genuino. En su radiografía de París, una escritora de estilo consignó que si las parisinas tienen una sexualidad cómoda y fluida, aquello tiene todo que ver con la lencería que es común conseguir en las múltiples boutiques desperdigadas en ese paisaje citadino.

Lo que no observan los ojos define muchas veces las formas en que una mujer se siente consigo misma. Lencería negra, en su consciencia, puede generarle una sensualidad asertiva. El encaje a color puede maximizar, en su sentir, el ánimo juguetón que puede tener un día particular. Si trueca el negro por vino, puede ser por un gesto sutil de afianzar su potencia de seducción.

La seducción, sin embargo, comienza consigo misma. Es un sentimiento que genera para sí y que puede impregnar la experiencia con el mundo exterior.

La mujer de hoy, además, tiene la posibilidad del jugueteo múltiple. La era de su estilo le permite acoger looks tan distintos que pueden servir como una mascarada dispuesta a la diversión.

Conviven en una sola lo ultra-femenino y romántico; lo minimalista y afilado; su versión más seductoramente empoderada y los ánimos juguetones que, al jugar con fórmulas y siluetas, no complace a la mirada masculina sino a los deseos del estilo ecléctico.

Lo invisible potencia el mensaje que se cifra en el vestir. La elección de la lencería es un gesto para sí misma, un guiño, un código más en el ánimo que la motiva.

Man Repelling Mood

Man Repeller

Edgy Lady

Seductress

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Dama dramática

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*Todas las referencias son de Triumph y están disponibles en Tania. Lo bello de un sello como Triumph es que lleva más de un siglo creando el poder de la belleza invisible en la expresión femenina.

Coolness is always timeless |

 

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Timeless is always cool ~
| Blue Biker |

En eso consiste el hechizo de la chaqueta de cuero, una pieza que existe hace más de ochenta años.

Talismán del rebelde. Vestir para el coraje. Emblema de movimientos musicales anclados en la libertad y la energía eléctrica. Pieza que muta entre hombres y mujeres. Armadura urbana.
Solución instantánea. Prenda infinita, flexible, maleable a las posibilidades de la creatividad, de las estéticas, los ánimos. Inversión sustanciosa, no cualquier adquisición.
Las eternas tienen el lustro de la durabilidad y lo que supera lo pasajero: estilo de esencia.

Biker perfecta de @extension_leatherlab

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Chaquetas colombianas de Extension Leather Lab
V.Rosales
Fotos: Juan Moore
Locación: Johnny Rocket´s

Confesiones estilísticas. Soy del caribe, pero mi pieza fetiche es la chaqueta de cuero negra, la “moto jacket”, la versión biker, es decir, la tipo motociclista. De pequeña, se me antojaba un portal eficiente hacia el comportamiento estético que quería poseer. Esa cualidad intraducible llamada ‘coolness’ - un flechazo instantáneamente reconocible (como dijo alguien que declaró que lo cool es como el amor a primera vista).
Una pizca de rudeza. La suficiente para dejar asomarme mujer, descubriendo jovencita, la urbe capitalina. Feminidad con esa actitud felina que mantuvo siempre el rock n roll para mi - liberador y estridente, vivificador y eléctricamente exquisito. Un sentido de utilidad, la gracia de la actitud rebelde, el empujón del desafío, una promesa de fuerza, una armadura literal y significativa; una forma de lucir asertiva con cálculo.
Celebro como mujer poder vivir en una era donde hace mucho podemos usar el vestir que destila de esas melodías y figuras hinchadas por el coraje de ser distintos. (De eso se trata la chaqueta, como símbolo, en un nivel de esencia).
Despejmos ideas. En Colombia, subsiste un mito que percibe a una auténtica chaqueta de este tipo como una pieza encarecida. Estamos habituadas a la era de la moda rápida. Al simulacro. A lucir piezas parecidas a otras que vemos en pantallas y acaso en desfiles. Pero la fuerza real de una chaqueta de cuero se revela de manera instantánea. Su presencia, su cualidad material, es para toda la vida.
Una chaqueta de cuero negra, clásicamente rebelde y tipo motociclista, es un regalo que una mujer se hace a sí misma. Una inversión en el estilo que no tiene tiempo y siempre mucho sentido.
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70s: Inspiración y Tendencia

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Contenido exclusivo para el blog de NAF NAF, Le Style Naf Naf

Gafas grandes. Pantalones con botas amplias en A. Pelos voluminosos con aire natural. Música disco. Mujeres liberadas de muchas limitaciones del pasado. Siluetas fluidas como las de Halston. Trajes afilados femeninos. Blusones bohemios. Faldas tipo midi. Sombreros anchos. Rock n roll. Rayas. Mucho denim. Vestidos cargados de bohemia. Bandanas en el cuello. Mangas acampanadas. Preferencia por lo natural. Y un ambiente donde la moda se trataba más como una elección de libertad y no como una imponencia.

Esas eran algunas de las cosas que pueden describir a la década del setenta. Algunas nos suenan familiares. Se usan hoy también como tendencias de la actualidad. Y esto, porque desde hace unas temporadas, guiños setenteros han estado apareciendo entre las opciones de moda que tenemos.

No se trata del primer regreso de los setenta a la moda. Curiosamente, la década fue evocada también en los años noventa. Y de manera interesante son los setenta los que marcan el momento en que la moda empezaría a dejar de tener autoridades tan fijas. Las revistas sugerían, no dictaminaban. Las mujeres estaban pasando por el Movimiento de Liberación Femenina y eso comenzaba a ser evidente en cómo se peinaban y vestían.

Las mujeres, más libres, vestían para mostrarlo. Con pantalones y jeans, vestidos maxi y siluetas fluidas. Había glamour bohemio, como el de Bianca Jager y Studio 54; mujeres del rock como Patti Smith y Debbie Harry; looks y bellezas añoradas como las Jerry Hall y Marisa Berenson; había elegancia sexy como la de los vestidos de Haltson; había un mix exquisito de todo a través de Yves Saint Laurent. Había una corriente de libertad y un vestir mucho más a tono con las mujeres modernas.

Esa modernidad setentera está entre nosotras nuevamente. Faldas denim. Blusas bohemias. Motivos de flores. Pañoletas amarradas. Tonos otoñales. La cuestión está en ubicarse en esas tendencias de la década que reflejen nuestro estilo personal. Interpretar la época, adaptarla a nuestra identidad, nuestra vida, nuestros gustos y nuestra esencia.

¿Te animas reinterpretar los 70 en tu vestimenta?

Mujer como Imagen

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La relación entre las mujeres y las imágenes es diversa y antigua. Cuando eran invisibles a nivel político y cultural, eran ellas quienes llenaban todo tipo de retratos. Durante siglos, esos retratos venían exclusivamente de la interpretación masculina. Pero las distintas liberaciones a partir de los años sesenta empezaron a cambar ese ritmo. Y la era digital ha hecho posible que las mujeres puedan crear, como nunca, sus propias imágenes, representándose a sí mismas de manera constante y sin límites. ¿Libertad total o poder ambiguo? ¿Será posible que el exceso de imagen refuerce la apariencia como gran fuente de identidad femenina?

Reflexión y despedida personal de la imagen digital.

Vanessa Rosales

Fotos: Juan Moore

Bella locación: Maison Privat

Bogotá

Una de las imágenes más familiares para las niñas que crecen en tierras latinoamericanas se concentra desde temprano alrededor de la Virgen María. Sin saberlo y poco a poco, ésta se convierte en el referente de ideal femenino para las mujeres que se crían bajo las redes del catolicismo. La imagen cobra vida en estampillas, en la pequeñez tridimensional del rosario, en esculturas silenciosas que observan al feligrés aplicado durante las soñolientas misas. En los rincones domésticos, ella tiene forma rumana o mexicana, es ornamento y talismán. Pero ella es, en el fondo, una imagen reconfortante, la encarnación de lo que una mujer debe ser: suave, entregada, maternal y no obstante virginal.

Que una de las figuras más limpias y sacras en el dogma religioso sea también una poderosa presencia visual sirve aquí para mostrar la fuerte relación que existe entre las mujeres y las imágenes. La mujer más extraordinaria de todas – la que procrea al hijo de Dios intocada por la mundanidad – es retratada de múltiples maneras, en múltiples lugares. Su fuerza está también en su imagen.

Es interesante recordar que al tiempo que se consideraba que las mujeres sólo estaban designadas al destino del servilismo y la domesticidad, ellas eran, no obstante, las grandes protagonistas en las imágenes más variadas. Las mismas épocas donde no se creía en que podían actuar públicamente las posicionaban como centro de todo tipo de representaciones y retratos. Los hombres, los seres que sí actuaban en público, que sí tenían posibilidad social, eran los encargados de representar a las mujeres, de volverlas imagen. Y mientras, ellas, invisibles de la vida cultural, iban acostumbrándose a verse a sí mismas como una imagen representada por alguien más.

Como escribe Karin Sagner, citando al historiador Georges Duby, “las mujeres estaban presentes en imágenes antes de ser descritas, antes de que se narrara sobre ellas y antes de que ellas mismas tomaran la palabra”.

Esto explica tal vez por qué histórica y culturalmente las mujeres han sido endosadas la noción de que la estética y la apariencia son sus ámbitos de por excelencia, una suerte de filiación de esencia, un rasgo inescapable de su identidad. (En algunos casos incluso el gran rasgo de su identidad, uno que crea la imposibilidad de disolver los límites entre identidad y espejo).

La historia de la mujer como imagen es larga, compleja y arraigada, imposible de condensar aquí. Pero es, ciertamente, un vínculo histórico y constante.

Mujeres de Aspecto Digital

El tema está colmado de matices y de espinas, y no es este el lugar donde entregar respuestas finales o definitivas, pero sí un pequeño paisaje para reflexionar cómo esa tradición femenina se vive hoy en el mundo digital.

Desde mediados de los 00, vivimos la época de la blogosfera. Los blogs, como sabemos, tienden a concentrarse en historias y representaciones personales del mundo. Son lugares para la auto-conciencia y la auto-expresión. Una cultura que fomenta semejante celebración indulgente de la individualidad se acentúa y exagera a través de la naturaleza efímera de los medios digitales que la alimentan. Ninguna de las dos (individualidad indulgente y velocidad digital) habrían sido posibles sin la entrada del posmodernismo – es decir, la multiplicación de la subjetividad, al acceso a mundos distintos a través de nuevos medios de comunicación y la entrada a un mundo donde los más diversos estilos y corrientes conviven tranquilamente entre sí.

Ahora, la hipermodernidad, es decir nuestro paisaje actual, crea un esquema social donde abundan los más distintos puntos de subjetividad y donde la narración del yo puede hacerse más visible a través de los canales de comunicación instantáneos de las tecnologías digitales. Vivimos rodeados de un flujo de auto-conciencia que se digitaliza y que se expresa a través de la ropa y la fotografía. Vivimos rodeadas por imágenes de mujeres que se hicieron célebres a través de Internet, narrando su propia mirada, creando su propia historia digital.

Nada encarna esto mejor que ese género tan abundante llamado blog de estilo personal. Allí, a comienzos de los 00, las mujeres “ordinarias” comenzaron a ofrecer relatos del yo a través de su interpretación peculiar de las tendencias de vestir. Hoy, los lemas de ese tipo de blog se han extendido a otras modalidades: Instagram, Snapchat, Periscope. Cualquier persona puede hablar de sí en el gran público virtual, auto-celebrarse, representarse visualmente, crear interpretaciones tanto de imagen como escritas.

Lo cierto es que con la entrada al mundo digital, las mujeres ganaron un poder que nunca habían tenido: encontraron que podían hacerse fotos de ellas mismas, representarse a sí mismas, generar su propia versión visual de sí. La ruptura de la gran mirada masculina, se había ido gestando desde los 70, sí, pero las tecnologías digitales reventaron la posibilidad de auto-retratarse y de auto-transformarse en imagen. No es necesario tener un blog para hacer esto. Las pantallas de los celulares se han convertido, como analiza una teórica de moda, en nuevos espejos. A ellos se transfiere la identidad femenina.

Las mujeres pueden volcar la cámara del celular hacia sí para verificar su maquillaje; pueden sostener el teléfono hacia arriba y sacarse una selfie individual o con otras mujeres; pueden hacer fotos de sus cuerpos delante del espejo para vigilar sus progresos en fitness; pueden hacerse retratar un día que se sienten bellamente vestidas.

Así que el mundo digital concedió a las mujeres una liberación y la posibilidad de ser ellas sus propias representantes a nivel visual. No en vano, el blog de Leandra Medine, The Man Repeller, existe también como una confirmación de que una mujer que crea sus propias imágenes digitales puede tener motivaciones al vestirse que no necesariamente implican querer atraer la mirada masculina. Al contrario, Leandra está para complacer el apetito visual femenino actual, que se complace al observar eclecticismos salvajes y mezclas que no coordinan pero que crean una fascinante armonía.

Pero aún cuando esto se sienta como una forma de libertad, como una manera de haber roto definitivamente con que sean los hombres quienes transformen a las mujeres en imágenes lo cierto es que también estamos sumergidas en un exceso visual. Durante mucho tiempo, una de las pugnas del feminismo consistía en demostrar que las mujeres también pueden actuar y no sólo aparentar. Y la historia más reciente se ha encargado de demostrar la certeza de esa convicción.

Y sin embargo, esta indulgencia con la imagen, ahora más fácil de lograr gracias a lo instantáneo, parece por momentos reforzar la apariencia como fuente de la identidad para las mujeres. La mayoría de los blogs de estilo personal nos inducen en unas suculentas fantasías de chicas con cuerpos espléndidos, jóvenes y bellas, capaces de transformar su guardarropa de manera lujosa y consecutiva, que llevan vidas de esplendor, de hoteles glamorosos, sillas en primera clase, movimiento global y constante, y vidas donde sin duda la apariencia es un gran goce, una fuente de ingreso y una manera de relacionarse con el mundo.

Las blogueras, que se han convertido en iconos de feminidad contemporánea, nunca están tristes, rara vez reflexionan sobre aspectos de la vida más allá de alguna frase centelleante de la importancia de ser quien es. Y bueno, la moda tiene mucho de eso, de vendedora de fantasías y sueños, de carnada de promesas de una vida más glamorosa, más espléndida. Por supuesto que los blogs y las imágenes digitales incluyen esos temas.

Pero la reflexión aquí no es puntualmente sobre las blogueras de estilo personal - ellas son un gran emblema del tipo de imágenes que circulan en el mundo digital y ellas reflejan lemas importantes en la feminidad actual, una que se mece entre las posibilidades amplias y el régimen de las apariencias.

La reflexión aquí es sobre lo que implica ser mujer como imagen digital. ¿Cómo se siente ser imagen en la experiencia femenina?

Puede ser una tortura, seamos francas, puede llevarnos a un sentimiento de cautiverio, de estar conectadas con algo tan pasajero y sin embargo tan inmediato como la apariencia. Puede ser también un gozo que nos anima y nos complace: estar allí, ante las miradas de otros o sentir una corriente de adrenalina, de aprobación ante nuestro propio reflejo. Comprobarnos bellas en una imagen. No reconocernos en una fotografía, sentirnos ajenas. Puede ser un recurso de afirmación o una forma de sentirnos inadecuadas. Y también, creo, como dice Berger, es frecuente ser mujer y sentirse yendo por el mundo, siendo imagen, por eso atrapamos nuestro reflejo en los vidrios, de las tiendas o hasta de los carros.

Y también hay algo más que es cierto: en todas las épocas las mujeres se sienten inspiradas por las imágenes de otras mujeres. Como escribió otra escritora: “Las mujeres toman placer de la ropa, no sólo al ponérsela, pero también en mirarla y en ver imágenes de otras mujeres con ropa, porque ellas exhortan fantasías de transformación y transportación”.

Agnès Rocamora escribe: “Las imágenes pueden ser una mirada panóptica, de vigilancia, donde las mujeres son interpretadas como objetos, pero citando a Michelle Perriot, si para las mujeres las imágenes son sobre todo algo tiránico, las imágenes también pueden ser una fuente de deleite: el placer de ser destacada, celebrada, embellecida, la Virgen encima de la puerta de una catedral, la dama en los murales de un castillo, y uno puede ahora agregar, la mujer a la moda en la pantalla digital, un placer que presumiblemente aumenta por el sentimiento de control que viene de representarse a sí misma”.

Cuando miramos la imagen digital de la mujer gloriosamente vestida, de la jovencita de la vida fabulosa destilando su alegría y sonriente, nos transportamos, sentimos cierto placer, el goce que produce el deseo, la presencia de lo bello o la identificación. Pero en un universo donde las imágenes cambian sin cesar, donde abundan, colmadas de estilo y de belleza, también puede desatarse en nosotros la ansiedad, la añoranza, el deseo que no se consuma, el apetito por transformarse a nivel de apariencia únicamente.

Como mujeres, la imagen puede ser inescapable. Es nuestra herencia cultural, nuestro goce, nuestra ambigüedad. Pero al final, ¿qué somos? ¿Actuar o apariencia? ¿Estética o ser? No hay respuesta lineal. La moda y la feminidad son mundos donde la contradicción es una característica esencial. Hay mujeres que concilian todos los elementos con goce extraordinario. Nos inspiran a reconectarnos con el deleite de la estética. Hay otras que nos recuerdan que la fealdad y la carencia de espíritu puede venir envueltos en una apariencia que encarna el ideal estético de nuestro tiempo. La mujer de sustancia aprende que la belleza existe como un componente más en una identidad laberíntica, integral y compleja. Y habremos mujeres que luego de saborear los encantos y los sinsabores de la estética, querremos resguardarnos un momento, despedirnos, y que queden las palabras, que quede el texto.

 

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Tiempo de Selfies

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Contenido exclusivo para el blog de NAF NAF, Le Style Naf Naf.

Todas las épocas tienen palabras que las definen. La palabra hashtag, por ejemplo, nos evoca el reinado inicial de una plataforma como Twitter y la lógica de un lenguaje que ha ido creciendo y haciéndose cotidiano con la tecnología. Alta Costura era un término que, en otras épocas, era sinónimo exclusivo de moda – cuando todo lo demás era ropa o remedo. Así también, la palabra selfie, que tan bien conocemos, es una que se ha ido instalando entre nosotras como la consecuencia de la interacción diaria con lo digital.

Selfie, como tantas saben, es un género de fotografía digital donde la persona se autorretrata. Por lo general, la foto se hace al extender el brazo y al dar clic a la cámara del teléfono celular. Como su nombre revela de manera inmediata, selfie es una palabra que deriva de la palabra self, es decir “yo”, y que hace énfasis justo en eso: en la vanidad, el narcisismo, la atención a uno mismo. Pero una selfie es algo más: es un síntoma de nuestra cultura, es un indicador de lo digital y es una expresión de un tiempo en el que, gracias a las tecnologías digitales, cualquiera puede ser productor y no sólo consumidor de imágenes.

Una de las características del Internet es que ha hecho posible el acceso incansable a informaciones e imágenes. Pero también ha hecho que cualquier pueda opinar, expresarse, interpretar, crear y, en este caso, producir imágenes y fotografías.

Una mirada un poco más profunda de la selfie permite, por ejemplo, atarla a una modalidad del arte clásico: el autorretrato. Muchos fueron los artistas que se pintaron o plasmaron a sí mismos a través de su medio particular. Y autorretratarse es un acto de autorreconocimiento, tal vez de celebración personal, una afirmación de identidad, una manera de saberse individuo.

Pero, poder autorretratarse de manera constante puede aumentar también el narcisismo. Y sin embargo, para las mujeres, también ha sido una forma sin precedentes de libertad. ¿Por qué?

Durante siglos, las imágenes que existían de mujeres eran hechas casi de manera exclusiva por hombres y desde la mirada masculina. Pinturas al óleo, placas, fotografías, cine – todas fueron hechas mucho tiempo por ellos. Desde hace unas décadas, las mujeres comenzaron a tomar control sobre su imagen, es cierto, pero las tecnologías digitales llevaron eso a un nivel mucho más potente.

Poder voltear la cámara de un Smartphone y mirarse como si fuera un espejo. Poder hacerse incontables fotos hasta estar satisfecha, de frente o ante el espejo. Transferir las imágenes a la pantalla del computador como si fuera un espejo y al estilo de las blogueras. Poder decidir cómo verse en las imágenes que proyecta en su espacio virtual. Hacerse una foto y compartirla de inmediato con el mundo virtual. Todas son posibilidades de nuestro tiempo. Todas muestran que, como nunca antes, las mujeres están en control de su imagen, pueden representarse a sí mismas como quieran, desde su mirada y perspectiva.

Pero, una selfie, ¿libera? ¿Poder tomarse tantas fotos sin restricción, es una bendición o una limitación para las mujeres de hoy? La respuesta no es una sola ni tampoco sencilla.

Por un lado, controlar su imagen si es una forma de poderío para las mujeres de hoy. Ellas pueden decidir qué y cómo proyectarse. Pero, tal vez, el exceso de apariencia, la saturación de imágenes trae dos cosas adicionales: más formas de medirse y compararse, más formas de vigilarse a sí mismas. Depender solo de la imagen para sentir su identidad es uno de los temas contra los que más ha batallado la libertad femenina.

Así que las selfies tienen, como todo, tanto espinas como facetas positivas. Dan control sobre nuestra imagen pero pueden causar un exceso de narcisismo, algo de banalidad, demasiado enfoque en las superficies.

La diferencia y el sentido está en lo que una mujer le imprima.

¿Para ti las selfies son superficialidad o libertad?

- Leer más en: http://blog.nafnaf.com.co/content/tiempo-de-selfies?page=1

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Foto: The Coveteur

Contenido exclusivo para el blog de NAF NAF, Le Style Naf Naf.

Muchas nos criamos con la fábula de Cenicienta – aquella historia de la mujer joven, bella que es vilmente maltratada y reducida a sirvienta por una madrastra y dos hermanastras envidiosas, y que una noche recibe la visita de un hada madrina que le permite ser la mujer que verdaderamente es: elegante, exquisita, con aire de princesa. Es una de las historias de nuestra niñez tiene como centro una transformación radical. Cenicienta se transforma de mujercita dedicada a los quehaceres de la casa para surgir como una elegante dama, digna del amor del príncipe ideal.

Y sin embargo, como explica sabiamente una coach muy reconocida entre las latinoamericanas, Cenicienta no recibe cosas nuevas de su hada - su cambio no se basa en usar una calabaza para crear un coche sensacional; en convertir a sus ratones en sus fieles vigilantes y en transformar la ropa que ya tenía en un vestido digno de la fiesta en un palacio. Cenicienta es un símbolo de algo a lo que nos enfrentamos todo el tiempo en nuestra propia vida cotidiana: cómo transformar lo que ya está allí en algo más. Cómo reinventarnos lo que ya existe sin reemplazarlo por cosas nuevas. Cómo encontrar ese tipo de creatividad.

Este es un tema común entre las que se nutren de la moda.

La delicia de lo nuevo siempre nos hincha de una satisfacción prometedora; lo nuevo nos regala la ilusión, así sea al comienzo, de que crecemos, somos distintas, nos refrescamos. Pero comprar no siempre es una posibilidad o una opción, y cuando usamos lo mismo, una y otra vez, podemos sentirnos desanimadas, sentir que lo que tenemos a mano está viejo, desgastado.

Y aunque esta sensación nos presione, también podemos encontrar que un cambio pequeño puede tener un efecto eficiente. ¿Cómo así? Una falda, que tenemos hace mucho, con la que tenemos fotografías publicadas, que disfrutamos muchas veces ponernos, de repente se nos antoja vieja, la vemos y nos sentimos sin ganas, desconectadas. Experimentar con ella sería la forma de darle energía nueva. Usarla con un color inesperado. Combinarla con capas. Juntarla con cualquier cosa que nunca hayamos usado con ella antes.

La perspectiva cambia, la falda se transforma, nosotras creamos algo nuevo – con lo que ya tenemos. Respiramos, nos sentimos motivadas, ya no nos ahoga esa pequeña sensación de que no tenemos nada qué ponernos. Lo que está allí, enfrente, esperándonos, nos permite explorar nuevas ideas siempre.

La moda es ropa y cosas bellas, claro, pero siempre es perspectiva y actitud. Siempre es una oportunidad para jugar dress up, o para revivir ese juego, también para muchas de infancia, de inventarse sueños con la ropa que nos ponemos. No son sueños de princesas que cambian para ser dignas de alguien más – son sueños, pequeños, personales, que buscan explorar quiénes somos a través de cómo nos vemos.

Atrevernos a jugar, a disfrutar, a equivocarnos, a celebrarnos, a liberarnos a veces, a producirnos, a crear. El efecto cenicienta, que sea un recuerdo que nos invite siempre a valorar lo que ya existe en nuestras vidas, y que con eso inventemos, seamos creativas. Reinventar lo que ya tenemos siempre es una manera bonita y personal de evolucionar.

- Leer más: http://blog.nafnaf.com.co/content/el-efecto-cenicienta-no-comprar-vestirnos-con-lo-que-tenemos

Vanessa Rosales
ESCRITORA. CONSULTORA. CULTURA, ESTILO, HISTORIA Y TEORÍA DE MODA​