Categoría: Miradas Inéditas

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Por: Adela Cardona

“Todos los que ya están metidos en la moda, ya están demasiado metidos. Ya no pueden cambiar el switch” dijo Raf Simons –diseñador de su marca homónima y actual director creativo de Calvin Klein– en una entrevista para Joyce.

Y quizá ese es, precisamente, el secreto de su éxito: diseñar desde las orillas, desde esa frontera que le permite observar el sistema, sin rendirle pleitesía a los dioses de la Moda y el mercado. Simons, como Kawakubo, o Margiela –cuyo show de 1990 le mostró las posibilidades conceptuales y emocionales de la ropa–, entiende que el proceso creativo necesita de exploración emocional interna y tiempo para incubar, para devenir en algo “que importe, en este mundo tan lleno de cosas” (Fury, 2016).

Diseñador industrial de profesión, nacido en Neerpelt en 1968, Simons no tuvo acceso a la cultura global de manera ubicua como la tenemos ahora. Su ciudad era pequeña, no habían galerías o cines, por eso la música y el cover art se volvieron fuentes de inspiración que han salido a la luz en sus colecciones. Él coge referencias de la cultura underground, de la historia, de la americana, del arte y la música; y estira sus límites y significados para hacerlos decir algo más, para hacernos sentir algo más.

Este es el caso de su colección “Closer” SS03, que bebió de las aguas del cover art diseñado por Peter Saville para bandas como New Order, Joy Division y Kraftwreck. En ella hizo converger las flores de New Order, con las ondas de Joy Division en parkas –verde militar, negro y camel–, con códigos del uniforme preppy –como los sacos en V– y sacos cuello tortuga que recuerdan al movimiento beatnik.

Su apropiación de los códigos es la de aquel que sabe de dónde vienen pero que no le importa romperlos y hasta rasgarlos -literalmente-. La americana, por ejemplo, se estira hasta llegar a siluetas oversize con terminaciones deshilachadas, carcomidas. Los sacos de bachiller con las mangas extra large y su ruina –marca indeleble del paso de tiempo–, pueden verse como una forma de hacernos enfrentar miedos primigenios como aquel a lo abyecto, a lo que no tiene límites claros. Es el resultado de una pesadilla, plasmado en su colección FW 2016. Lynch, los boy scouts, el oversize de Margiela, los pantalones skinny, todo se junta para crear una silueta a la que el hombre, después de la Gran Renuncia, con sus trajes clásicos no está tan acostumbrado. Este no es el hombre Armani o Savile Row, tampoco no es el dandy moderno del street style de Pitti Uomo. Es más bien la parte podrida del retrato de Dorian Gray.

Y es que esa es una de las realidades a las que nos vemos avocados hoy. La pesadilla de Simons nos señala la propia, que se vive entre ataques “terroristas” en Europa, la guerra en Siria, la posibilidad de que Trump suba al poder, pero no de forma panfletaria. Su estética simplemente nos espabila ante la realidad, al adentrarnos en las profundidades de sus terrores nocturnos interiores. “Me gusta hacer cosas hermosas –dijo sobre esta colección– pero también es interesante lo raro, lo oscuro. Aquello que sale mal”. Él atrapa así el aroma del momento, esa incertidumbre latente, ese mundo de lo extraño que vivimos hoy. Quizá es por eso que tiene tras de sí a una audiencia que lo sigue como si fuese un culto.

Lo siguen en su movimiento por la “interzone”, en la que hace converger perfectamente disciplinas, espacios, tiempos, culturas de la juventud, arte, moda y otras maneras de acercarse a la masculinidad con las siluetas desdibujadas, de una forma que no ahoga nuestros sentidos. Lo suyo no es el bricolaje, ecléctico y maximalista, de Michele para Gucci. Su estética, que agarra de todos lados, se acerca más al patchwork y el DIY del punk.

En su última colección, SS 2017, por ejemplo, usó como base la obra de Mapplethorpe: otro outsider que retrataba la escena gay, S&M en los setenta y ochenta. Su forma de apropiarlo no fue literal. Mapplethorpe no solo está en las fotografías suyas que puso sobre cada look; también está en el uso del cuero, la paleta blanco y negro, las rayas y el estilismo de los modelos que asemeja los autorretratos del fotógrafo. Esto, sin dejar atrás sus códigos propios como las mangas oversize, los sacos con terminaciones raídas, el acento en la cintura masculina y los pantalones ajustados. No fue una reverencia a Mapplethorpe, fue Simons conversando con él. Así como su paso por Dior no fue una copia de los archivos, sino su forma de interpretarlos.

Diseñar para una casa como Dior, sin terminar haciéndole un altar a la marca y a su creador, fue una hazaña que necesitó, entonces, de un orillero como Simons. Alguien intrépido, sin miedo a distender los códigos de la marca al máximo. Así, su paso por ella le dio una dirección nueva a la casa, una dirección moderna con códigos del vestuario masculino, siluetas geométricas, medievalismo mezclado con futurismo, y arte contemporáneo.

Una visión nueva pero fugaz. Un espíritu como el de Simons: ferozmente independiente y que aboga por la individualidad, no podía mantenerse en posición de atlante sosteniendo el pesado mundo de Dior por mucho tiempo. Y el tiempo es la palabra clave, porque en una época cada vez más vertiginosa poder parar, pensar, crear y contemplar es el máximo lujo.

Y ¿qué hacen los diseños de Simons sino obligarnos a parar y mirar más de cerca? ¿Qué hacen, si no es llevarnos a indagar los límites de nuestro cuerpo, de la realidad y el sueño, del género, la calle? Raf Simons nos hace parar a mirar unos segundos más, antes de pasar hacia la siguiente imagen de instagram o snapchat, porque hay algo que nos perturba de los huecos de los sacos, del hecho de que acentúe la cintura masculina subiendo el largo de los chalecos, de que los pantalones siempre estén o muy pegados o muy anchos, siempre en el límite, nunca completamente acoplados a lo que se supone que deberían ser. Y esa es precisamente la magia de Simons, que nunca es ni hace lo que se espera que haga, su espacio creativo y vital es el intersticio, la orilla.

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Foto: Mayereslay Gaby. Fotografía Rodríguez. Medellín, 1922, 13 x 18 cm.

Por Laura Beltran-Rubio

Una de las preguntas que, como historiadora de la moda colombiana, me hago con más frecuencia, es cuestionando la veracidad de las representaciones del traje en nuestro país en los años anteriores a la aparición de la cámara. Aunque, hasta hace relativamente poco, posar para una foto incluía una delicada selección del ajuar que en ella se mostraría—y sigue haciéndolo, en ocasiones—podemos afirmar que las prendas que en ella aparecen son reales; son mucho más que el producto idealizado de la imaginación del artista entrenado para mostrar, con una serie de códigos visuales, el poder del protagonista de su obra, o una copia del modelo europeo a la que se le añade la cara del personaje americano.

Que el modelo a seguir sea el europeo no es una sorpresa para nadie pues, a pesar de habernos declarado independientes hace más de 200 años, seguimos siendo los hijos más fieles de España, nuestra Madre Patria. Eso sin contar que, en la tan estructurada jerarquía de la moda global, París y, desde principios del siglo XX, Nueva York, son el centro regente del mundo de la moda y el resto es la periferia, implicando, por su puesto, que las tendencias de moda se generan en estos centros y sólo se copian, usualmente con retraso, en los demás lugares. Pero en un mundo tal vez menos globalizado que el de hoy, en donde los medios de comunicación fluían más lentamente y en donde el transporte era tan dificultoso, vale la pena preguntarse si las tendencias efectivamente se transmitían y, de hacerlo, con qué rezago. Hoy me propongo analizar el caso del look de la garçonne, basado en unas hermosas fotografías publicadas online por la Biblioteca Pública Piloto.

La década de los 20 llegó a Colombia con la indemnización pagada en 1922 por Estados Unidos por la independencia de Panamá y la construcción del Canal, trayendo lo que se conoce como la “danza de los millones”, en donde la economía y el gasto nacionales prosperaron, aunque brevemente, gracias a la súbita entrada de dinero al país. Este fenómeno, si bien fue único en Colombia, coincidió con el auge económico de la década en Estados Unidos, conocido como los “Roaring Twenties” (algo así como los “rugientes veintes”) en donde los lujos y las extravagancias en el vestir, en la arquitectura y el diseño, y en el estilo de vida en general, se convirtieron en el diario vivir.

Tras haber ganado el derecho al voto con las elecciones presidenciales de 1920, y ayudada por el ambiente fiestero de la década, la mujer estadounidense se vio inspirada a tomar nuevos estilos de vida fuera del ámbito familiar. Representada plenamente en la novela de Victor Margueritte La garçonne (de donde recibe su nombre) y con una figura idealmente delgada y aniñada, masculina y con cabello corto, con intensas decoraciones en las telas y lujosos accesorios, y con faldas cortas, siempre lista para bailar, esta mujer, también conocida como flapper, causó sensación y terror en los rugientes veintes.

Aunque dudo que la flapper, tal cual, haya alguna vez pisado tierra en Colombia, lo cierto es que, en las modas al menos, sí llegó y durante los mismos veintes. La falda, cuyo dobladillo se había ido elevando desde el inicio del siglo y gracias a la colaboración de Mlle. Chanel y Mme. Paquin, y cuya figura se había ido adelgazando desde las escandalosas innovaciones en el diseño de Poiret, tomó su forma más corta y esbelta sobre el cuerpo de la garçonne. El corte de la cintura bajó a la cadera y la cintura que antes dividía el cuerpo de la mujer en dos, ayudado por el fiel corsé, desapareció. El cabello se cortó y fue adornado por redondos y juguetones sombreros, a veces adornados por detalles florales o lujosos broches de joyería fina. Y el look lo completaban los coquetos zapatos que, al ritmo de la alegre vida de esta nueva mujer, siempre la acompañaban con su flap, flap, flap.

Aunque esta imagen a más de uno lo haga pensar únicamente en las maravillosas ilustraciones de moda creadas por Doucet o para adornar las páginas de la Gazette du Bon Ton, y que todavía invaden por su belleza las colecciones de Pinterest de amantes de la moda en todo el mundo, o en la muy estilizada película del Gran Gatsby, también fue la imagen que caracterizó a muchas mujeres colombianas durante la década de 1920. En las fotografías tomadas por Horacio Marino y Luis Melitón Rodríguez Márquez durante los 20s y los 30s, y que hoy pertenecen a la colección de la Biblioteca Pública Piloto, podemos ver claramente a esta irreverente mujer, con su sombrerito redondo, su cabello corto, y su picardía de niño/niña, en una Antioquia ya desconocida para nosotros. Pero, eso sí, siempre adaptada a la tradicional sociedad colombiana y al recatado ideal de feminidad que la caracteriza: la falda más larga, los estampados más sutiles, el lujo de los accesorios más recatados.

León de Greiff y María Teresa Matilde Bernal Nicholls el día de su matrimonio. Fotografía Rodríguez. Medellín, 1927, 20 x 25 cm.
León de Greiff y María Teresa Matilde Bernal Nicholls el día de su matrimonio. Fotografía Rodríguez. Medellín, 1927, 20 x 25 cm.
 Damas de honor del matrimonio de Sofía Posada. Fotografía Rodríguez. Medellín, 1930, 20 x 25 cm

Damas de honor del matrimonio de Sofía Posada. Fotografía Rodríguez. Medellín, 1930, 20 x 25 cm
Mayereslay Gaby. Fotografía Rodríguez. Medellín, 1922, 13 x 18 cm.
Mayereslay Gaby. Fotografía Rodríguez. Medellín, 1922, 13 x 18 cm.
Teresa Santamaría de González y grupo de mujeres en el Instituto de Bellas Artes. Fotografía Rodríguez. Medellín, 1925, 13 x 18 cm.
Teresa Santamaría de González y grupo de mujeres en el Instituto de Bellas Artes. Fotografía Rodríguez. Medellín, 1925, 13 x 18 cm.
Primera comunión de niñas. Fotografía Rodríguez. Medellín, 1926, 13 x 18 cm.
Primera comunión de niñas. Fotografía Rodríguez. Medellín, 1926, 13 x 18 cm.

 

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Karl Lagerfeld para Chanel. Traje de bodas, otoño/invierno 2014-15, alta costura. http://www.metmuseum.org/-

Pasando la colección de arte medieval, con sus ricos tapices llenos de historias que parecen sacadas de un cuento de hadas, y después de vislumbrar algunas de las más bellas porcelanas chinas del Museo de Arte Metropolitano en Nueva York, se llega a la exposición Manus x Machina del instituto del traje. La exposición, que transformó la famosa ala de la colección de Robert Lehman del museo en una cúpula inspirada en el interior de alguna iglesia o palacio de la Florencia renacentista, es inaugurada gloriosamente por el vestido que la inspiró. Diseñado por Karl Lagerfeld para cerrar el desfile de su colección de alta costura de otoño/invierno 2014-15 para Chanel y hecho con una tela sintética de traje de buzo, con una superficie tan suave como la piel de una ballena, el vestido se extiende unos 6 metros hacia atrás con una cola que presenta la más perfecta intersección entre manus y machina: el patrón brocado sobre la tela fue dibujado a mano por Lagerfeld, luego pixelado con ayuda de un computador, insertado a presión sobre la tela con brillantes, y terminado a mano, añadiendo la pintura de oro y el recamado de perlas. Su magnífica creación tomó no menos de 450 horas de trabajo manual. Si el vestido presenta una figura embarazada hecha especialmente para la modelo que lo llevó en la pasarela hace unos años, también presenta la concepción de la más reciente visión del genio curatorial y creativo que es Andrew Bolton, curador principal del instituto del traje.

NEW YORK, NY - FEBRUARY 15: Dresses on display at the Costume Institute's "Manus x Machina" exhibition press presentation at the Metropolitan Museum of Art on February 15, 2026 in New York City. (Photo by D Dipasupil/FilmMagic)Sastre de Coco Chanel, sastre de Karl Lagerfeld para Chanel, dos vestidos impresos a 3D en material sintético de Iris Van Herpen y vestido de gala de Yves Saint Laurent.

Hace unos meses, cuando presentó su proyecto, Bolton declaró que el propósito de la exposición era, además de sorprender al público, desmitificar los supuestos que marcan la diferencia entre lo hecho a mano y lo hecho con máquina. La sorpresa es de esperarse de la mente creativa que se ingenió la exposición Savage Beauty de Alexander McQueen unos años atrás y la tan aclamada China Through the Looking Glass hace sólo un año. La desmitificación de un modo de pensamiento tan común entre los amantes de la moda, sin embargo, es todo un reto. Tradicionalmente, lo hecho a mano se relaciona con la élite, con la personalidad y la exclusividad, siempre conservando una nostalgia por el pasado con sus lujosos y extravagantes palacios y bailes, mientras que lo hecho a mano, asociado con la tecnología y la democratización, se ha degradado hasta asociarse no sólo con las colecciones ready to wear de las marcas, sino con la moda de calle, tan desprestigiada por el mundo de la alta moda. Pero la realidad es, como Bolton y su equipo logran mostrar muy claramente en su exposición, que la relación entre lo hecho a mano y lo hecho con máquina, entre manus y machina, no es una dicotomía como muchos lo han creído; y si en algún momento hubo una separación clara entre los dos, hoy en día ésta es cada vez más pequeña y más difícil de distinguir.

14Karl Lagerfeld para Chanel. Traje de bodas, otoño/invierno 2005-6, alta costura.

Para demostrarlo, la exposición presenta cuatro estudios de caso adicionales, alrededor del extravagante vestido que la abre. El “elefante blanco” diseñado por Yves Saint-Laurent para Dior en 1958, el vestido “sardine” de Yves Saint Laurent del 83, el traje de bodas completamente recamado con camelias diseñado por Karl Lagerfeld para Chanel en el 2005 y el vestido de muselina blanca de Raf Simons para Dior en el 2014 todos son claros ejemplos para contradecir la idea de que existe una división estricta entre la alta costura y lo hecho a mano. Mezclando técnicas manuales—como las casi cien horas que toma cada una de las camelias bordadas en el ejemplar de Chanel—con terminados a máquina, éstas piezas nos ayudan a complicar la dicotomía que creemos existe entre manus y machina.

Más allá de los estudios de caso, Manus x Machina muestra también cómo los tipos de trabajo que alguna vez estructuraron la moda hecha a mano han sido transformados por los avances tecnológicos de nuestra era y son aprovechados por una variedad de diseñadores en nuestros días. Partiendo de la Enciclopedia de Artes, Ciencias y Oficios de Diderot, publicación de la segunda mitad del siglo XVIII que elevó la moda al nivel de arte/ciencia por primera vez, la exposición se divide en siete “oficios” que hacen parte de la creación del traje: recamado, trabajo en plumas, flores artificiales, plisado, encaje, marroquinería y sastrería/costura.

artificial-flowers-galleryGalería de flores artificiales.

En el primer piso, se encuentran las primeras tres: vemos, por ejemplo, los ya clásicos vestidos Junon y Venus, diseñados por Christian Dior para su colección de otoño/invierno 1949-50, junto a vestidos de Sarah Burton para Alexander McQueen del 2012, para ilustrar el arte del recamado. No muy lejos se encuentra el vestido de plumas de ave del paraíso diseñado por Yves Saint Laurent para su colección de alta costura de otoño/invierno 1969-70 y el gran ave de silicona impresa en tecnología 3D que forma un increíble vestido diseñado por Iris Van Herpen para su colección de alta costura de otoño/invierno 2013-14. Finalmente, en la galería de flores artificiales, una muestra en varias tonalidades de rosado que nos lleva en un abrir y cerrar de ojos desde la silueta del siglo XVIII típica de la moda en la corte de María Antonieta hasta los más modernos vestidos florales de Balmain y Chanel. En el piso de abajo, encontramos las demás categorías, en donde resaltan los vestidos plisados desdoblables de Issey Miyake, los diseños cortados con laser de Marc Jacobs para Louis Vuitton, y los plisados creados con laser para los diseños de Iris Van Herpen. Un corsé hecho vestido, una variedad de sastres de Chanel, ya en su tradicional tweed o en materiales sintéticos, impresos con tecnología 3D, y el enteramente sintético vestido “Kaikoku” diseñado por Hussein Chalayan en colaboración con Swarovski, que presenta una cantidad de maripositas con luces intermitentes, complementan la exposición.

06COSTUMEJP6-master675Issey Miyake. Vestido “flying saucer” en tres posiciones.

Con esta increíble muestra del talento creativo de los más grandes diseñadores de moda y de su uso de combinaciones de trabajo hecho a mano y hecho con máquina, el instituto del traje nos muestra que, contrario a lo que muchos hemos creído durante tantos años, la aparente dicotomía entre lo hecho a mano y lo hecho con máquina para diferenciar la alta costura del ready to wear no es tan estricta como parece. Es más, en muchos casos, ésta parece ser completamente inexistente. Y si hay algo que podemos ver en la exquisita muestra de vestidos que nos presenta el instituto del traje, es que la tecnología, en la moda, puede ser usada para realzar las prácticas en el diseño, reduciendo así la brecha entre manus y machina.

06COSTUMEJP8-master768Dos vestidos de noche diseñados en 1968 y c. 1935 por Madame Grès y un vestido diseñado por Iris Van Herpen en 2010.

Presentando la exposición, Andrew Bolton aseguró que necesitamos un nuevo paradigma para la moda, uno que sea menos polarizante. Y también necesitamos desacelerar su ritmo, para que al menos nosotros, los amantes de la moda, podamos volver a apreciar el valor de las prendas mismas, el trabajo de construcción, las manos y los procesos que las crean. Y esta exposición, aunque en un museo y posiblemente no completamente comprendida por el público que la ve, al menos cumple con este propósito. Pues no hay una pieza en ella que no llame nuestra atención; que no nos invite a detenerlos y observarla, tal vez con más cautela y admiración que si fuera una de las obras de arte de Jan van Eyck, de Matisse o de Picasso, que se encuentran no muy lejos de ellas.

dior-and-mcqueen-dresses“Junon” y “Venus” de Christian Dior, otoño/invierno 1949-50; Sarah Burton para Alexander McQueen, 2012.

OMA-rem-koolhaas-metropolitan-museum-of-art-costume-institute-manus-x-machina-designboom-010Vestidos de Chanel diseñados por Coco Chanel (primero a la izquierda) y por Karl Lagerfeld.

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Hussein Chalayan. Vestido flotante “Kaikoku”, otoño/invierno 2011-12.

Por: Laura Beltrán-Rubio

Tal vez una de las lecciones que más temprano aprendí en mi formación como historiadora económica fue que, a lo largo de los siglos, la historia ha sido creada a partir de la negociación entre valores anteriores tradicionales y los nuevos valores que impregnan las sociedades cambiantes. Constantemente y, a pesar de lo que muchos creemos, la mayoría de las “tradiciones” que conocemos son, en realidad, más recientes de lo que parecen y, en muchos casos, como lo explica ávidamente Eric Hobsbawm, son también inventadas. En el siglo XIX colombiano, las tradiciones que todavía hoy rigen nuestra sociedad fueron creadas a partir del balance entre los valores nuevos independentistas y los viejos estándares españoles coloniales. Muchas de ellas, además, surgieron de una corriente de pensamiento fuertemente influenciada por la Ilustración francesa, por los escritos de pensadores como Voltaire y Rousseau.

Fueron también dos escritores franceses los que inspiraron mi investigación de maestría: Daniel Roche, el historiador social y cultural, y Roland Barthes, filósofo y teórico de lingüística y semiótica, quien entiende a la moda como un lenguaje, por medio del cual se crean y se comunican significados. En su libro La cultura de las apariencias, Roche estudia el surgimiento de una economía de consumo en el siglo XVIII en Francia—que es también de donde viene la cultura consumista de nuestros tiempos—y asegura que ésta se debe al auge de la moda en el siglo de las cortes de Luis XV, Luis XVI y María Antonieta. Para él, estudiar la moda es esencial para descubrir los fenómenos sociales que rigen un tiempo determinado; la moda es “la amante de la civilización” y, al entenderla, comprendemos también los códigos y principios que organizan una sociedad.

Con estas dos corrientes de pensamiento en mente, me embarqué en el estudio de la construcción de la nación, de la creación y difusión de la identidad colombiana a partir del traje. Y aunque, por cuestiones logísticas, la masculinidad quedó por fuera de mi recuento, logré descubrir algunas de las más bellas características de la feminidad, de lo que era el ser mujer, en los primeros discursos nacionalistas del país. Más importante aun, descubrí que muchos de estos paradigmas, la forma en que se creó la patria—y sus hijas—continúan rigiendo la sociedad colombiana, incluso dos siglos después de su independencia del Imperio Español.

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Anónimo. Virgen del Rosario de Chiquinquirá, siglo XVII, óleo sobre tela. Museo Nacional de Colombia, 30.3.1997.

Como en la mayoría de las sociedades occidentales decimonónicas, siguiendo la tradición religiosa que se había ido desarrollando poco a poco desde la Edad Media, la mujer ideal en Colombia era la más fiel representación de la Virgen María: humilde, piadosa, doméstica. Pero fue Rousseau, especialmente, quien creó los estándares de feminidad que rigieron el mundo occidental durante el siglo XIX. En sus escritos, Rousseau propugnaba un ideal de mujer dedicada al hogar, una madre virtuosa cuya única misión en la nueva República Francesa era la de criar ciudadanos ejemplares que asegurarían el futuro de la nación, defendiendo siempre los ideales de libertad, igualdad, fraternidad. Rousseau basaba su argumento, más allá de un ya lejano—para Francia, al menos—mito religioso, en los estudios de la naturaleza, tan importantes en el pensamiento intelectual del Siglo de las Luces: si la mujer era, naturalmente, la que debía llevar los hijos en su vientre, ella no estaba hecha para labor distinta a la maternidad. Así, la mujer colombiana del XIX fue relegada al campo doméstico, al hogar, y su participación en cualquier espacio público y, sobretodo, en la política, quedó estrictamente prohibida—o, peor aun, limitada al rito católico del matrimonio.

Como en la mayoría de las sociedades occidentales decimonónicas, también, el traje en Colombia era un elemento esencial en el performance de la identidad: el vestido era la persona, y esta especie de metonimia fue llevada al extremo en la corriente literaria del romanticismo. Los más grandes escritores del siglo, comenzando por el mismo Balzac, se embarcaron en las más ricas descripciones de sus personajes; descripciones que, más que resaltar las características de sus personalidades—que descubre el lector a medida que avanza en la lectura de la novela—resaltan su forma de hablar, los detalles de sus vestiduras, su manera de actuar. La apariencia de la persona se convierte, pues, en el más claro reflejo de su alma; y la literatura y el arte decimonónicas no hicieron más que resaltar y difundir este pensamiento.

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Ramón Torres Méndez. Interior santafereño, ca. 1874, óleo sobre cartón. 35 x 25.4 cm. Museo Nacional de Colombia.

 

En Colombia, la más digna representación del Romanticismo fue concebida por Jorge Isaacs. Y la más vívida representación del tipo de mujer que se construyó con la consolidación de la república fue la de su protagonista de María. Siempre vestida cubriendo la totalidad de su cuerpo, siempre bajando los ojos cuando su amado Efraín se dirige a ella, y siempre cuidando al niño de la casa, María es la perfecta encarnación de la Virgen católica. Efraín, narrador de la historia, nos introduce su imagen virginal con:

…la abundante cabellera castaño-oscura arreglada en dos trenzas, sobre el nacimiento de una de las cuales se veía un clavel encarnado. Vestía un traje de muselina ligera, casi azul, del cual sólo se descubría parte del corpiño y la falda, pues un pañolón de algodón fino color de púrpura, le ocultaba el seno hasta la base de su garganta de blancura mate. Al volver las trenzas a la espalda, de donde rodaban al inclinarse ella a servir, admiré el envés de sus brazos deliciosamente torneados, y sus manos cuidadas como las de una reina.

Esta imagen, aunque cambia ligeramente conforme avanza la novela, es la que permanece de María a lo largo de la narración. Las trenzas, que recogen su natural—y por ende salvaje—cabellera representan la domesticación de la mujer decimonónica, y el clavel, rojo como la carne, revela su sensualidad contenida, su virginidad. La muselina del traje, que por su delicadeza vaporosa se pliega sobre las curvas del cuerpo, revela una alusión neoclásica a la belleza de las deidades grecorromanas, también aludida por los brazos torneados, posicionando a la misma María como una mítica diosa. Pero cualquier pista de desnudez que pueda sugerir la muselina es instantáneamente ocultada por el pañolón que cubre su cuerpo; pañolón que alude a la blancura de su raza, al tipo español como el ideal nacional, enaltecido también por las manos de reina. Si María es una diosa, es por su cercanía a la tradición más significativa que la Colombia naciente heredó de su Madre Patria: la religión católica. María es la mujer ideal porque es la personificación de la Virgen.

Izquierda: Carmelo Fernández. Vélez, Notables de la Capital, 1850, acuarela sobre papel. 21 x 30 cm. Biblioteca Nacional de Colombia. Derecha: Carmelo Fernández. Socorro, Notables de la Capital, 1850, acuarela sobre papel. 29 x 21 cm. Biblioteca Nacional de Colombia.

 

Los dibujos de la Comisión Corográfica, contratada por el gobierno colombiano como parte del proceso de formación de nación—y por ende con un carácter inevitablemente político—nos revelan este mismo ideal de mujer. Los retratos de “Notables” de las capitales de Vélez y Socorro realizados por Carmelo Fernández en 1850 revelan mujeres tapadas desde el cuello hasta el suelo, que parecen sólo poder estar en público por gozar de la compañía de sus hombres.

Pero si la mujer debía ser una fiel representación de la Virgen, ella también vivía a la sombra de Eva, la pecadora original. Y, para el escándalo de muchos, no es difícil encontrar ejemplos de mujeres virtuosas que retan el dócil ideal de feminidad promulgado por pensadores tradicionalistas de la corriente de José María Vergara y Vergara, quien a través de cartas y artículos en periódicos instigaba a las mujeres a siempre encarnar su más virginal ser. Ya en la mujer notable de Socorro de Carmelo Fernández, aunque vestida de blanco y tapada completamente, vemos una mirada seductora que, en lugar de evadir—como María—los ojos del observador (masculino), le sonríe y lo reta. En María, incluso, vemos las trenzas deshechas, la falda ligeramente levantada, el pañolón escurrido. Una habitante notable de Tundama retratada por Carmelo Fernández incluso se atreve a levantar su falda, gesto escandaloso que, aunque en gran parte pudo haber sido para permitir mostrar su pertenencia a la alta sociedad, a la clase de los “calzados”—que llevaban botas en lugar de alpargatas o el pie desnudo—muestra un acto de rebeldía contra los estándares virginales de feminidad en el XIX.

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Carmelo Fernández. Tundama, Habitantes notables, 1851, acuarela sobre papel. 21 x 31 cm. Biblioteca Nacional de Colombia.

Pero el mayor ejemplo de rebeldía es presentado por Manuela, protagonista de la novela costumbrista homónima escrita por Eugenio Díaz Castro. Don Demóstenes, narrador de la novela la introduce en el río, “soltando sus pensamientos y su voz, mientras concluía su tarea”, y con sus “pies desnudos entre el agua, el pelo suelto, y cubierta con unas enaguas de fula azul que bajaban desde los hombros hasta las rodillas (…chingado) y el cuerpo desdoblado para sumergir la ropa en el agua”. Y es esta alegre rebeldía la que permanece con el personaje hasta el final de su historia: constantemente semidesnuda, con su cabello rizado suelto y el pañolón atado a la cintura, la visión de Manuela seguramente hubiera hecho a José María Vergara y Vergara gritar de horror.

La rebeldía de Manuela no se acaba con transgredir el virginal traje de María; Manuela incluso llega a vestirse de hombre, pecado capital en cualquier sociedad occidental decimonónica, para escapar de los peligros que la acechan en su parroquia y poder vivir felizmente con su novio en Ambalema. Este pueblo, a orillas del Magdalena, es identificado con el infierno en el libro, haciendo no sólo alusión al calor intenso de la región pero también al estilo de vida alternativo que presenta para la mujer: es el lugar donde ella puede trabajar y responder por sí misma, donde, ataviada con coloridos vestidos y hermosas joyas de oro, puede bailar y tomar aguardiente sin tener que preocuparse por la cocina y las labores del hogar. Y ésta es la más maravillosa creación de Eugenio Díaz Castro.

Como la heroína de la independencia Policarpa Salavarrieta, María y Manuela mueren en su causa. María, al no poder personificar a la virgen que tanto admira, constantemente cayendo en el peligroso jugueteo angelical que la acerca más al ángel caído de Eva que a la virgen ascendida, muere antes de manchar completamente su traje de muselina blanca. Manuela, por su lado, muere para mostrarle a las mujeres colombianas que ellas pueden hacer de Colombia una Ambalema propia, en donde la construcción de feminidad no necesita ser impuesta por el poder patriarcal. Manuela incita a las mujeres colombianas a apropiarse de sus chales, a llevarlos de la forma con que ellas mejor se identifiquen y, así, empoderadas y con poder público, construir un discurso alternativo de feminidad (todavía pendiente) para el país.

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Carmelo Fernández. Tejedoras y mercaderas de sombreros nacuma en Bucaramanga. Tipos blanco, mestizo y zambo, 1850, acuarela sobre papel, 23 x 30 cm. Biblioteca Nacional de Colombia.

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Laura Beltran-Rubio
MA Fashion Studies
Art and Design History and Theory
Parsons School of Design
Research Volunteer
Historic Ornament, Design and Architecture
Department of Drawings and Prints
The Metropolitan Museum of Art
Summer Curatorial Intern
El Museo del Barrio

 

Por: Lux Lancheros

“Es solo que ir a Cuba es la nueva forma de vestir una camiseta del Ché Guevara para la gente rica”, decía la indignada reportera del portal Style Caster al condenar la actitud increíblemente frívola de las Kardashian en La Habana, que concordaba muy bien con el ambiente de celebridades y jolgorio que se construyó alrededor del desfile de Chanel y que resume muy bien, a nivel representativo, lo que significó que se hiciera en Cuba.

Porque aparte del significado histórico que conlleva (una marca de lujo universal en una de las pocas dictaduras que quedan en el mundo) y a diferencia de otras partes del globo, la gente no se agolpaba para ver prendas que no podía comprar, por la dura y certera razón de que probablemente estaba adquiriendo productos de primera necesidad. Asimismo, era notable el contraste de las prendas y accesorios que recordaron viejas épocas de un pasado esplendoroso para el imaginario anglosajón, lleno de autos coloridos, lentejuelas de cabaret y derrochadora diversión en medio de una ciudad ruinosa en cuyas grietas y desprevenidos habitantes se ve el espíritu de sobrevivencia. Donde apenas pasaban y eran indiferentes ante el espectáculo del que estaba pendiente un mundo que tenía el privilegio y el derecho de la moda que les fue negado, pero que a ellos dejó de importarles hace mucho. Ante todo esto, ¿qué significó realmente el desfile de Chanel en medio de la apertura de Cuba hacia el mundo? ¿Qué significa este número en un país donde una prenda simple es un tesoro? ¿La moda vuelve a despreciar el contexto político y social que escenifica un cambio histórico o simplemente lo representa?

Hubo una situación similar que ocurrió hace más de sesenta años. En la Francia de la posguerra, se trató de ver la moda como un elemento simbólico que quería revivir el esplendor de Europa antes de su destrucción. Se creó “El Teatro de la Moda”. Los diseñadores franceses se reunieron y crearon sus más exquisitas colecciones en muñecas, porque no había tela suficiente para modelos reales. La exhibición fue tan célebre que llegó hasta Estados Unidos. Pero a su vez, en aquellos tiempos, a la casa Dior también se le ocurrió que una modelo debía posar para una editorial con su famoso “New Look” en medio de una ciudad que sobrevivía a punta de cupones y racionamiento, precisamente en el mercado de Montmartre. La modelo era la que contrastaba en medio de ese fondo miserable. Las mujeres que estaban allí, enfurecidas ante tal expresión de belleza que consideraron poco práctica y sobre todo lejana de su realidad, le arrancaron la ropa, tal y como alguna vez lo hizo la turba con cualquier mujer histórica o anónima que hubiese mostrado estos mismos rasgos a través de su indumentaria. ¿Por qué funcionó entonces tan bien el “Teatro de la Moda” y no la editorial de Dior? ¿Fueron distintas las representaciones a la hora de acercar a las personas hacia ella? Absolutamente. Con el “Teatro”, la moda dejó de verse como un elemento innecesario, un lujo inaccesible y desdeñoso, para llegar a la gente en forma de entretenimiento. Esta podía consumirla, así fuera de lejos, porque sabía lo que significó antes de Hitler. Sabía que podría volver a tenerla, a la espera de tiempos mejores. No era distante de su realidad, como sucedió con la modelo de Dior, que involuntariamente, con su expresión de elegancia todavía demasiado adelantada a una época que no se recuperaba de los estragos de la guerra, los ignoró. Les mostró cuán lejos estaban de poder algún día verse como ella y las mujeres se lo cobraron caro. Esto también sucede en el caso cubano: la moda recuerda un elemento lejano y prohibido al que ni siquiera sus ciudadanos pueden acceder.

Un sueño que nunca fue para ellos, así como probablemente no lo fue hace seis décadas en medio de su época de casinos y cabarets, porque el suyo es un país que apenas digiere un pasado que no logra asimilar por cómo sucedió, un presente que se le viene encima y en el que la moda significa una fantasía a la que accedían a través de los extintos negocios de ropa importada y revistas Vogue que son tesoros de libertad, pero que Karl Lagerfeld y su circo no tocaron ni de cerca. ¿Libertad el Chanel que podrá comprar solo el que se sentó en el desfile y que probablemente sea como el que su bisabuela usó al bailar conga en una fiesta de Batista, cuando eso lo puede dar una marca más cercana a lo que deseo para mí y mi familia? Tal vez sea esa dura pregunta lo que plantea el desfile al final : si los cubanos serán partícipes de lo que pase en su país de ahora en adelante, si se habla de consumo y de expresiones sartoriales, o simplemente seguirán pasando, fantasmagórica e indiferentemente, al lado de un universo que alguna vez estuvo pero que nunca fue suyo. Pero el que, por supuesto, y en concordancia con estos tiempos de celebrante apatía, ahora tiene al nieto de Castro como modelo instagrameable y boínas del Che de lujo incluidas.

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El artificio de Celia

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Por: Adela Cardona

Metros de lentejuelas sobre tacones hechos a medida y pelucas de colores fosforescentes. Labios carmesí o fucsia, uñas infinitas y puntiagudas, Celia. Celia Cruz, ícono de Latinoamérica, de Cuba, para el mundo. Reina de la salsa, la Negra que tiene tumbao, era todo performance, todo espectáculo, todo estela de glamour, a falta de belleza usual.

Reina de la seducción, como la definió Baudrillard, su forma de vestir iba en contra del régimen de representación que muestra la belleza como algo natural de la mujer. Ella misma decía: “Yo era fea… sí, tenía una buena voz, pero no tenía los looks que muchos agentes querían representar”. Y tampoco quería esforzase por tenerlos, no quería ser considerada como una estrella sexualizada que se vendía por su cuerpo, como su contemporánea, La Lupe. Por eso, usó “el poder de desfigurar un cuerpo que era considerado feo”[1]. Los colores de sus pelucas no pretendían ser naturales: fucsia, morados, naranja, azul. Sus vestidos jamás pasarían desapercibidos: lentejuelas, animal print, plumas, pelo. Sus accesorios eran grandes y extravagantes. Ella era, a falta de mujer bella, mujer construida meticulosamente anulando su naturalidad: “anular los ojos con unos ojos más hermosos, los labios con unos labios más brillantes…el artificio no aliena al sujeto de su ser, lo altera misteriosamente”[2].

Misteriosamente ataviada, hecha de boleros, candongas gigantes, estampados grandes y hasta turbantes, era además, un intento por representar su latinidad, la cubanidad que tuvo que dejar atrás en cuerpo, por el exilio. Su vestuario escénico tenía pizcas del vestido bata cuba y el de las rumberas, con sus colores vivos, sus hombros descubiertos, sus boleros en las mangas y las faldas; su vestido con la bandera de cuba fue el epítome de ello.

También su música, una mezcla de salsa, son cubano y hasta de hip hop, pretendía honrar a latinoamérica, al mismo tiempo que hacerla más internacional. Sin embargo, no toda la audiencia latina aprobó su huida de Cuba y mucho menos sus pasos por Hollywood y la industria del entretenimiento. Algunos la vieron como una vendida y su peluca mona lisa –con la que fue enterrada– fue uno de los símbolos que su “americanización”, así como los tacones dorados que donó al Smithsonian.

Sus tacones de diecisiete centímetros eran hechos a mano por el artesano mexicano [3] Miguel (Pablo) Nieto, bautizado como El zapatero de los sueños. Y en sus zapatos, Celia cumplió los suyos: pasó de ser Hilaria Celia Caridad Cruz, de la Habana, uno de los barrios más pobres de Cuba, a cantar con la Sonora Matancera y ser un ícono de la salsa. Su historia es la de una cenicienta contemporánea que conquistó al mundo montada en tacones dorados, plateados, verdes, cuya estructura parecía desafiar la gravedad. Los tacones, símbolo de latinidad en Estados Unidos, se volvieron sinónimo de éxito con esta mujer voluptuosa, bajita, que movía sus caderas al tempo de su música, elevándose por encima del mundo entero en sus zapatos, como escribió Shakespeare: “Por María Santísima, que vuesa merced está más cerca de cielo que cuando os vi últimamente por todo lo alto del chapín”. Y Celia lo estuvo, estuvo más cerca del cielo que muchos de sus contemporáneos salseros. En un mundo de hombres, de música masculina, ella se erigió como la reina, con su estilo exageradamente femenino y su voz dura y áspera, recordada por canciones como Oye cómo va, Te busco, Azúcar, Usted Abusó y la Vida es una Carnaval. La suya, sí que lo fue, al menos en el escenario.

[1] Dick Hebdrige (2007) citado en Celia’s Shoes. En From Bananas to Buttocks The Latina Body in Popular Film and Culture.University of Texas Press. USA.

[2] Baudrillard (1981), De la seducción. Cátedra.

[3] Actualización Junio 20, 2017: Pablo nieto

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Por: Adela Cardona

Como medusas fluorescentes las bailarinas saltan, llenando el espacio con sus ondeantes y translúcidas faldas de muselina. Bailando Serenade de Balanchine, cayendo en un perfecto relevé después de varias piruetas, hay quienes se atreverían a describirlas como etéreas, leves, ligeras y ultra-femeninas. Sin embargo, por entre la tela de sus tutús acampanados se pueden vislumbrar un par de piernas, cuyos vigorosos músculos y canillas son producto de años de trabajo tras bambalinas. Como el pegaso que nace de la sangre de la medusa, el vuelo de las Odettes solo puede salir del esfuerzo de estar hora tras hora haciendo pliés en la barra o practicando arabesques o attitudes.

Mujeres como Isadora Duncan, Marie Sallé o Sisova, por nombrar algunas, fueron símbolos –cada una en su época– de ese canon de belleza sutil y frágil de la mujer que, en algunos casos, se sigue perpetuando. No obstante, como decía Oscar Wilde, “detrás de cada cosa bella siempre hay algo trágico” y yo le agregaría, algo fuerte. Las bailarinas de ballet son la prueba viviente de que la sutileza que se le atribuye al sexo femenino no es excluyente con la fortaleza y el ímpetu, sino más bien complementaria. En los trágicos y potentes roles de Odette o la Sílfide, estas mujeres son el extremo que representa la complejidad de una fémina: un oxímoron entre intrepidez y finura.

En el caso de las bailarinas ese oxímoron se puede ver en sus cuerpos, su ropa y el poder de la mirada. Sus cuerpos, como tantos otros –los de las modelos, por ejemplo– se someten a un estándar. Lo físico de su profesión, sus movimientos (como las vueltas con brazos abiertos), hacen que sean las perfectas víctimas del escrutinio, aún antes de subir al escenario, en los castings. Como escribió el controversial crítico de Ballet, Macaulay[1], este es un “arte apolíneo que requiere de pureza de línea, precisión en la ejecución y harmonía en la apariencia”. Así, se prefiere hoy un cuerpo atlético, alto, con poco busto y poca cola. No obstante, bailarinas con cuerpos alejados del ideal de belleza han logrado los más altos honores: Misty Copeland, negra, curvilínea y de busto prominente es la más reciente maravilla del NYC ballet. Ella, como muchas otras bailarinas, responde a la mirada juzgadora (masculina y femenina) del público usando su cuerpo –su fuerza– para transformarlo en un medio de expresión poética.

En el ballet, el vestuario (forma de extensión íntima de los cuerpos) hace parte también del este campo de batalla de la feminidad. Él se remonta a la corte de Louis XIV, llamado el rey Sol por la vestimenta que usó para bailar ópera. En un principio, el vestuario del ballet no estaba pensando en términos de practicidad sino de magnificencia, en consonancia con la tendencia: elpannier, el corsé y los sombreros llenos de plumas estaban en voga[2]. Estos eran un reflejo de la concepción de la mujer que se tenía en ese tiempo como un objeto vicario, que debía quedarse lo más quieto posible. La pesadez imperaba por encima de esa levedad que hoy consideramos como el epítome de la feminidad.

Por eso, los tutús fueron una revolución en su tiempo. Se volvieron símbolo y metonimia del Ballet –también a través de los cuadros de Degas–, porque le permitieron a las bailarinas moverse con libertad en el espacio. Marié Salle, según Michelle Potter, fue quien primero le subió el ruedo a la falda, para poder mostrar la maestría de sus pies, y quien primero salió al escenario sin panier y sin adornos en la cabeza, solo con una falda que se usaba para entrenar, hecha de capas de muselina (venida de Iraq y de la India). Su presentación fue escandalosa porque la tela se plisaba y pegaba a su cuerpo, al modo de las estatuas de Pompei. No es baladí que Pigmalión se hubiese podido presentar solo en Inglaterra, la nación que se apropió primero de la ideología de la modernidad.

Este atuendo, con su blanco “puro y privilegiado” escondía, sin embargo; un gran peligro, el de quemarse. Las bailarinas debían untar sus faldas de retardante para no prenderse con las luces del escenario. Emma Livry, por ejemplo, prefirió tener un vuelo ligero y glamouroso que protegerse y murió quemada por las llamas del espectáculo y la septicemia de sus llagas.

Con la entrada del siglo XIX, el atuendo de las bailarinas empezó a emular la moda del tiempo, más cómoda, menos aparatosa. Isadora Duncan usó los famosos diseños al bies de Vionnet y Chanel diseñó para el Ballet Ruso de Diaghilev. En los años cincuentas, la estética ballerina renació con el New Look, e iconos como Audrey Hepburn y Fred Astaire así como bailarinas como Peggy Sager.

Hoy, la relación entre moda y Ballet sigue vigente. Desde la típica estética del Ballet Blanche hasta los diseños vanguardistas de Rei Kawakubo; sus creaciones para Scenario pusieron de manifiesto la estrecha relación de la ropa con el cuerpo, cómo esta le da o le quita movilidad, lo hace pararse de otra forma y hace que el sujeto que la lleva deviena otro, por bultos que le pone y los cortes inusuales que hace.

[1] http://www.nytimes.com/2010/12/04/arts/dance/04ballet.html

[2] En Seeing through clothes por Anne Hollander.

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Por: Adela Cardona

Celia Cruz, Bianca Jagger, Carmen Miranda, Greta Garbo, Lara Turner, Elizabeth Taylor, Solange Knowles. Mujeres todas ellas, íconos, imágenes, que han influenciado nuestro vestir femenino. De distintas épocas y estilos, su común denominador es un retazo de tela que adquiere, con la torsión, la cualidad de cubrir y adornar y que está plagado de una historia pluricultural y rebelde: El turbante. Atado, retorcido, amarrado, este ha cubierto nuestras cabezas durante siglos. Pedazo de tela lleno de historia, de resistencia, de religión hace parte de un sin número de culturas y atraviesa las más variadas simbologías.

De estas —los sihks y los muslmanes también lo usan — la que más se acerca a la nuestra, la colombiana, es la afro. Hay quienes dicen que el turbante se originó en el África Sub-Sahariana y ha sido desde entonces una prenda fundamental para las mujeres afro, según Emilia Eneyda Valencia, presidenta de Afrocolombia Mujeres. Para ella, los nudos del mismo indican jerarquía y saber y es usado como una reina llevaría una corona.

Pero las coronas pesan y esconden las tensiones de poder de las mujeres afro esclavizadas en latinoamérica y Estados Unidos. Según Valencia, las elaboradas trenzas que suelen llevar las mujeres afro eran consideradas por las amas blancas como un factor de seducción ante sus maridos —y un lugar en el que podían esconder semillas —, y sólo reforzaban la idea de que las negras esclavizadas estaban condenadas a la perdición. Por eso les daban, entre su dotación de ropas, una tela para cubrirse la cabeza. Hoy persisten algunas de estas asociaciones negativas: en términos de belleza, la mujer negra es desdeñada cuando sale con su pelo crespo al natural.

Además, entre las afrocolombianas, las palenqueras y las raizales, esta prenda es también un símbolo de resistencia a la aculturación y una forma de reafirmar la identidad. Es parte de la realidad de la cultura, porque se constituye como una reacción emocional ante el ambiente hostil y la discriminación que enfrentan. No obstante, al usarlo, las personas no siempre tienen presente esta dolorosa historia que tiene detrás.

Este vaciamiento de significado en la moda no es exclusivo del turbante, ella a engullido y vuelto mercancìa expresiones de resistencia como el Punk, el Hippismo, el Beat. En el caso del turbante, este tuvo su introducción en la moda francesa con Poiret y su orientalismo. Luego con el auge que tuvo en los años treintas y cuarentas en el Film Noir, que lo llevó a un “blanqueamiento”: empezó a usarse en telas consideradas más valiosas y con aplicaciones de plumas y piedras preciosas. Y en los setentas con el pelo suelto por debajo y el nudo por detrás de la cabeza.

Hoy, con el nuevo auge de los setentas que se vive en las pasarelas —desde Missoni, pasando por Saint Laurent, hasta Moschino en sus colecciones spring/summer 2015— este accesorio está más vivo que nunca. Con estampados africanos hechos de algodón, terciopelo o seda; con el pelo suelto o recogido, se avistan en las calles y los cuerpos de los más diversos sujetos y en las colecciones de diseñadoras afrocolombianas que están recuperando la tradición diseñando turbantes como Lia Samantha, Miss Balanta y Neyla Preciado.


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Vanessa Rosales
ESCRITORA. CONSULTORA. CULTURA, ESTILO, HISTORIA Y TEORÍA DE MODA​