La complejidad de lo simple
V.R.
Fotos Juan Pablo Lozano
La vestimenta es un tema de armonías y proporciones. Asumir siluetas. Combinar formas. Juntar colores. Crear una estética. Balancear opuestos. Jugar con mezclas. Crear posibilidades.
El leopardo es un terreno de reacciones diferentes. Gusto rotundo, disgusto inmediato. Atracción o repelencia. Rechazo o deleite. Es, sin duda, uno de los estampados más controversiales de la vestimenta. Va y viene desde hace décadas. Cobra fuerza y después, momentáneamente, desaparece. Tiene siempre, sin embargo, un carácter atemporal. Ha estado presente en épocas distantes y diferentes.
Se vio a comienzos del siglo veinte. Pero tuvo apariciones en el siglo dieciocho. Las actrices del cine entre 30s y 40s, lo usaban de maneras diferentes. Es parte del punk. Es exuberancia pero puede ser una mal lograda forma de resaltar. En todas sus gamas, el leopardo es indudablemente cautivador: ya sea a nivel de desagrado o atracción.
Es inevitable. Se planta ante la mirada de manera temeraria.
No suele ser una primera opción estética entre los hombres a la hora de ver cómo visten las mujeres. Es decir, el leopardo puede repeler a los hombres. Los que aprecian la asertividad femenina pueden apreciar mejor el valor estético detrás del llamativo estampado.
Su dramatismo – como todo lo que es fuerte a nivel visual – invita a lo básico y funcional. Una mezcla detallista en la mezcla de contrarios.