En estos tiempos, donde todo lo vemos en pantallas, donde todo es predominantemente visual, perdemos de vista que una cosa es la ilusión de lo bidimensional y otra el acercamiento tangible.
Nada sustituye la posibilidad de lo material.
La mayoría de los que hemos caído bajo el hechizo de #Gucci, ahora bajo el efecto ingenioso de Alessandro Michele, donde se encuentra el glam conspicuo, el disco, los matices setenteros, un feel ‘nerdy’, los acordes de lo convencionalmente italiano, el dramatismo visual que caracteriza al streetstyle, un tipo de barroco que se alimenta de lo antiguo y de lo digital - visualizamos su creatividad en las pantallas de nuestro Instagram, nuestros móviles y portátiles.
Cedimos ante su lectura precisa de la era estética que atravesamos, suspiramos con su eclecticismo, nos grabamos ciertas de sus piezas a pesar de estar habituados al espabilar constante - todo a través de la ilusión potente que es el acceso a la moda a través de la experiencia digital.
Sentimos la electricidad de su visión de la manera más natural en nuestro tiempo: a través de imágenes, planas pero hiperreales.
Y sin embargo, nada es comparable al vistazo real, la contemplación cercana, la posibilidad de lo táctil, la experiencia de la moda en su aspecto más material.
Nos perdemos a veces en el torbellino veloz y visual, desconectados de lo básico y lo evidente: que nada sustituye lo real.