CARTA DE LA DIRECTORA: La identidad recurrente

Algunas notas breves sobre la moda colombiana y dos de sus grandes temas actuales.

Sostenibilidad e identidad.

 

Una mezcla de variables ha puesto al frente del radar la inquietud por las formas cómo enlazan moda y sostenibilidad. Una generación significativamente más informada. Una tendencia – que viene en auge desde los noventa – de hacerle preguntas éticas a una de las industrias más millonarias a nivel global y uno de los fenómenos visuales más presentes de la era digital.

 

Desde cierta mirada filosófica, se puede decir que todo ello es un síntoma de colapso en la búsqueda de novedad que ha compuesto a la moda como sistema. Durante mucho tiempo, moda significaba desechar lo viejo y reemplazarlo por lo nuevo. Un vértigo incesante y hambriento por novedad. A partir de los setenta, en vez de reemplazar, comenzaríamos a acumular.

 

La acumulación de estilos estéticos; la aceleración de los ciclos de temporalidad; la coexistencia de millares de referentes en las redes digitales; los rastros de una relación con la moda más a tono con la democracia; las implicaciones de la moda rápida en su llegada a geografías variadas y distantes; la multiplicación de sitios de donde podía venir la moda; la ampliación del espectro de lo que es estiloso y bello – todos parecen sumar y formar esa línea que hoy cuestiona a la industria desde distintos ángulos.

 

Pero, ¿en qué consiste ese término que hoy parece replicarse sin cesar?

Hace guiño al activismo ambiental, ciertamente, está generando decisiones y consciencias ante la moda rápida, está impulsando tecnologías en torno a reutilizar y prevenir efectos malsanos; y también tiene que ver con cómo se hacen las ropas, quién las hace, en qué condiciones, cuánto duran, cómo las compramos y qué hacemos con ellas.

 

No agotaré aquí el abanico amplio de posibilidades que arroja la conexión entre moda y sostenibilidad.

 

Pero dejaré las siguientes anotaciones: por un lado, cada vez que evoquemos la idea de sostenibilidad, es necesario desmenuzar, puntualmente, si se habla de manufactura, consumo o equidad. No puede ser tratada como una categoría abstracta ni tampoco con soltura de significado.

 

La moda sostenible incluye por ejemplo, modelos circulares, donde se promueve el re-uso y no el desecho. Incluye nuevas formas de producción, más conscientes y más lentas. Incluye por ejemplo el rescate de las culturas de moda locales, donde se avivan también artesanías y saberes que contrastan con ropas hechas en serie y sistemáticamente. Robustecen las culturas de moda de un lugar.

 

Por eso, la sostenibilidad, también remite a los aspectos simbólicos de la moda.

¿Qué ideales de belleza celebramos? ¿Promovemos estereotipos o invitamos a multiplicar formas? ¿Qué significan las ropas en términos de masculinidad y feminidad? Conecta también con temas de feminismo y equidad.

 

Si las mujeres compran menos y re-utilizan más le hacen cierta subversión a un modelo de consumo que las induce a relacionarse consigo mismas a través de la carencia. Si re-utilizamos las ropas de otras décadas, podemos adjuntarles nuevos significados y deshacerles rastros de la represión que representaron, por ejemplo. Comprar ropa de segunda alarga la vida de las ropas y pone a circular estilos más únicos en identidad personal.

 

Con significativa sutileza política, las ropas pueden incluir bolsillos para las mujeres. Pueden, por ejemplo, contribuir a rebelarse un poco contra la estandarización del cuerpo y a normalizar la fluctuación del cuerpo de las mujeres, adelgazamos y engordamos – como cuando un hombre se hace un traje a la medida, y se le dejan centímetros para ceñir o apretar. La ropa sostenible comprende también eso. Por eso, la moda como un vehículo para reflexionar sobre asuntos de equidad también es sostenibilidad

 

Bajo esa premisa, y con un lente periodístico, ETERNA RECURRENCIA empieza a filtrar, reportar, representar y analizar las distintas orillas de este tema.

 

Pero, hay algo que también empieza a hacerse evidente. Y nos llama a pensarlo. La moda colombiana se encuentra en un punto de inflexión en términos de su identidad.

 

¿Cómo podemos abreviar lo que ha sucedido y el estado en el que estamos?

 

En Colombia, y en un proceso de reinvención colectiva nacional, la moda ha sido una fuerza cultural definitiva. Ha contribuido a deslavar estereotipos de violencia, terrorismo y narcotráfico. Ha sido una forma de generar afecciones y orgullos colectivos. Ha sido forjadora de nuevos imaginarios. Colombianos atravesando contextos antes impensables – tiendas de departamento en Manhattan, salones privados en París, cenas y festines de glamour encumbrado, publicaciones emblemáticas en la historia de la moda moderna, figuras estelares en los mundos del esplendor global.

 

Esos sentidos no son poca cosa para un país que, hace unos años, su mención circulaba exclusivamente alrededor de imaginaciones de cocaína y Escobar. Sin embargo, la moda colombiana también pone en evidencia la fisonomía de un sistema problemático de clase social. Es un espejo de nuestros complejos y nuestros lastres.

 

Es apenas natural que un contexto que está en estado primerizo tenga muchas cosas por revisar.

Una de ellas es la inflexión en la que nos encontramos. La representación de un caribbean chic asociado a las indulgencias que suceden por ejemplo en las estancias tropicales y en Cartagena de Indias, una de sus gemas más populares, tuvo un eco significativo con sus boleros sensacionales, sus formaciones Instagrammeables, su alegría visual, su esplendor cromático, su asociación, por ejemplo, al centelleo de La Habana pre-revolucionaria, del hechizo caribeño, de una feminidad particular.

 

Pero como es usual en un país que tiende a emular lo medianamente exitoso, todo ha comenzado a verse similar. Las marcas pequeñas emulan a las más emblemáticas. La similitud destella más copia que referencia. Son copias que aceptamos porque nos reta un sentido de problemática que no se extienda al ámbito meramente personal. Nos inquietan las preguntas incómodas porque nos incentivan a sacudirnos de la inercia. Pero la reiteración de la estética nos tiene al borde del estancamiento.

 

La moda que más se ha visibilizado en el contexto global es poderosamente diciente y ha sido inéditamente importante para nuestra identidad estética. Pero también es cierto que es una estética que tiende más al ocasionalismo, al tropicalismo y lo ornamental. ¿Qué pasa con las mujeres que habitan contextos más urbanos y se enfrentan a la variedad de las ciudades colombianas? ¿O las que buscan cierta funcionalidad versátil? ¿Qué pasa con la variedad de cuerpos y cómo invitamos a vestir más allá del imaginario de deseabilidad?

 

La moda hay que venderla pero también, para hacerlo, hay que pensarla.

¿Qué estamos diciendo sobre nuestra identidad? Hay, por supuesto, visiones que buscan demostrar la variedad de paletas estéticas que también nos compone a los colombianos. Pero persiste una tendencia hacia la literalidad. Si la interpretación es, digamos, de corte precolombino, se recurre a réplicas sin un proceso de “amalgama” creativa. Como cuando veíamos molas estampadas en ropas simples. ¿Cómo incentivamos un proceso creativo más indagador, que nos permita pensarnos como país y como latinos?

 

Necesitábamos los boleros instagrammeables y el proceso de visibilidad que nos han concedido los creadores que han logrado consolidar esa asociación global entre la moda y lo colombiano.

 

Pero necesitamos encender el pensamiento crítico de lo recorrido y hacia dónde vamos. Solo así podremos afianzar algo que trascienda los fervores momentáneos. Solo así seguiremos haciendo de la moda una fuerza cultural.  

 

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Vanessa Rosales
ESCRITORA. CONSULTORA. CULTURA, ESTILO, HISTORIA Y TEORÍA DE MODA​

Vanessa Rosales | Desarrollado por: Binach